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  Edición 598
  ¿Terrorismo en La Habana?
 
Edgar London
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  El sistema educacional de Cuba ha vuelto a ser titular en múltiples medios de comunicación, pero esta vez no se trata de la campaña de alfabetización ni de las llamadas teleclases que tanto dieron de qué hablar en sus respectivos momentos, sino de un hecho mucho más polémico y reprobable. El inaudito ataque con arma blanca que sufrió una escuela y que dejó como saldo nueve estudiantes heridos.

Si se tratara de una institución académica de Estados Unidos, por ejemplo, muchos dirían “otra más” y, luego de publicar algún efímero mensaje en una red social, el suceso no pasaría de ahí. La nota discordante es que, esta vez, la agresión tuvo lugar en el Politécnico Olo Pantoja, en La Lisa, uno de los municipios más poblados de La Habana, capital del mayor ícono de la izquierda en Latinoamérica.

Según las versiones recopiladas desde diferentes fuentes de información, un grupo de jóvenes —se presume que sus integrantes tienen entre 19 y 24 años de edad— irrumpió en el lugar, portando navajas o chavetas y, sin ton ni son, comenzó a herir a quien se interpusiera en su camino. Luego de armar su zafarrancho, los agresores huyeron, pero la policía logró capturarlos en poco tiempo.

El hermetismo de las autoridades cubanas no permite dilucidar las causas de este insólito acto. El único motivo que por ahora se ha dejado entrever —por supuesto, sin confirmar— apunta a un posible sabotaje contra la revolución cubana (CubaSí.cu, 24 de septiembre de 2018). La causa, si bien no puede discriminarse, suena a un viejo discurso, más propio de los años sesenta y setenta que de la segunda década del siglo XXI. Aunque ya sabemos que resulta muy difícil eliminar el sabor rancio de la arenga oficial cubana, más entrenada para justificar que para explicar.

En lo personal, preferiría que se tratara de un ajuste de cuentas entre pandillas callejeras, si bien esta teoría no encaja con una ofensiva indiscriminada, tal cual sucedió. Defender la versión del ataque contrarrevolucionario implica aceptar la ocurrencia de un golpe terrorista en La Habana, al menos si nos atenemos a la acepción recogida por el diccionario de la lengua española que define terrorismo como “actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”.

Para confirmar esta truculenta hipótesis, sólo resta precisar cuán organizada estaba la banda porque la alarma social y los fines políticos sobresalen por sí solos. ¿Se trata de una célula que forma parte de una organización mayor? ¿Será un delito aislado o tendremos que esperar por la recurrencia de actos criminales similares? Sólo las autoridades cubanas pueden dar respuestas a estas preguntas, pero ya sabemos que eso nunca sucederá. En el mejor de los casos, se filtrará entre la población rumores que no siempre son fiables y algunos, incluso, pueden haber sido insuflados desde las más altas esferas administrativas. No sería la primera vez.

Esperemos que esta sarta de elucubraciones no traspase el umbral de mis inquietudes y jamás se materialicen en la realidad. Bastantes problemas existen ya en Cuba para, además, agregarle esta clase de nota roja. Sin contar que los gobiernos de Fidel y Raúl Castro ya fueron acusados, en más de una ocasión, de financiar guerrillas y grupos paramilitares en otras naciones. El colmo sería que ahora la mayor de las Antillas se convierta en blanco de ataques terroristas. Y no estamos hablando de la fiebre porcina de 1971 ni de un atentado contra un líder revolucionario. Se trata de un ataque directo a una escuela cuyos estudiantes, en su totalidad, son adolescentes y donde los agresores, no lo olvidemos, no eran agentes entrenados por la CIA, sino otros jóvenes que a duras penas rebasan la misma adolescencia.

Eso sí. Hay una verdad insoslayable. Terrorismo o no, el mayor impacto para la nación cubana sobreviene desde otro ángulo: su imagen. Cualquier cubano crecido en las décadas del setenta, ochenta y aún inicio de los noventa, sabe de sobra que los tres pilares de la revolución cubana han sido siempre salud, deporte y educación. Al margen de la calidad que se desmorona en el seno de los dos primeros rubros —se acrecienta con los años la sed por obtener mejores resultados en lides deportivas a la par que la escasez de insumos médicos al interior del país—, Cuba requiere mantener su estatus de alto nivel educativo frente a la comunidad internacional. Que nadie pase por alto un detalle importante: nuestros maestros, profesores e intelectuales son material de canje para obtener petróleo, entre otros recursos básicos que mueven a la nación. Por tal motivo su perfil debe ser intachable. El ataque a una escuela no cambiará el sistema educativo en Cuba, por supuesto que no, pero sí mancha su imagen y hace decrecer la opinión favorable que el mundo mantiene sobre el mismo… algo muy delicado para cualquier gobierno, especialmente si de eso vive.

 
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