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  Edición 598
  Tierra de mis amores
 
Esther Quintana Salinas
   
  Hay días que pienso que existen batallas en este país tan amado, que nunca van a ganarse. Pero entonces me obligo a no ceder a semejante desaliento, David venció a Goliat cuando el pronóstico apuntaba a la derrota. ¿Qué la realidad es inmisericorde y te planta cachetadas para que te ubiques? Pues sí, pero ahí está la esperanza para contrarrestar, obviamente acompañada de la acción. Las mentiras han existido desde siempre, y sus consecuencias han marcado múltiples pasajes de la historia, e incluso han sido determinantes para configurar la misma. La mentira, ha sido un instrumento eficaz y efectivo para manipular personas. No es fortuito que en el ámbito político su uso sea desvergonzadamente recurrente.

Y qué desplante para mentir de los politicastros de todos los colores, cuando abren la boca hasta parecen que están diciendo la pura verdad. Decía Nikita Kruschev que “los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir un puente incluso donde no hay río”. Pero el colmo es que la gente se los crea. El especialista colombiano, doctor en Psicología, Diego Castrillón, apunta que hay mentirosos que tartamudean un poco “para seguir pensando y construir la frase”. La mentira y la política son compinches, se complementan de maravilla, su cercanía les permite llegar a un punto de verdad para esconder la mentira. En el medio se miente con desmesura, y no importa que existan evidencias, al cabo que la política es como el oficio periodístico, lo que se informa hoy se puede corregir mañana.

En México el que miente se encumbra en el poder, no le cae ningún rayo, como en las películas. Entre más cínico y fresco sea el proceder se llega más alto. Es que la mentira es seductora, envuelve y paga muy bien, sino cómo explicarse el éxito que tiene. Avasalla y compra conciencias. Hoy día los medios convierten en héroes a verdaderos sinvergüenzas, no falla la dupla, gobiernos corruptos y medios cebados con dinero público… ¡Qué chulada! Contadísimos informativos se ciñen a la verdad y a la transparencia. Las mentiras se combaten con verdades. Hay medios diabetizados hasta el tuétano con la melaza de los billetes que les pagan para distorsionar los hechos. Hoy existe un frente más, las redes sociales, ahí se hacen y se deshacen “honras”, diría mi madre.

¿Usted cree que alguna vez se sabrá la verdad de la verdad de los asesinatos de los normalistas de Ayotzinapa? El gobierno de EPN y primero el del estado de Guerrero, se encargaron de hacer un amasijo de porquería para que jamás se conociera ni se conozca lo que a ciencia cierta sucedió, sobre todo los nombres de quienes estuvieron atrás del crimen. No es nada halagüeño el panorama de un país agobiado por la delincuencia organizada y también por la de cuello blanco, por contratistas voraces acostumbrados a vivir a la sombra del dragón, por líderes sindicales y exlíderes sindicales como el que ahora cobra en el Senado de la República, lavados ya sus pecados y redimido por el mesías que a partir del 1 de diciembre transformará al país. Un tipo como Napoleón Gómez Urrutia presidiendo la Comisión de Trabajo del Senado de la República… es para no creerse, pero en México cualquier cosa puede suceder. Ya perdí mi capacidad de asombro.

Corrupción política metida hasta el tuétano de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, a propósito del judicial… dan nauseas cómo “resolvieron” las raterías de Javier Duarte, el exgobernador ladrón de Veracruz. A rateros de poca monta los refunden en los penales y a éste, que defraudó a un pueblo entero lo sancionan con tres años de prisión. ¿Para qué diablos tenemos tantas leyes, si su aplicación es discrecional y a modo? Tanta ley inservible; que vigencia cobra la frase de Cornelio Tácito: “cuanto más corrupto es el estado más leyes tiene.” Instituciones absolutamente infectadas por la corrupción han envilecido la vida de millones de mexicanos que no tienen ni lo mínimo para vivir como lo que son: personas. El saqueo, la manipulación, el manejo irresponsable de las finanzas públicas, han roto la marcha equilibrada del país, desde el Nirvana en que habitan políticos ladrones con nombre y apellido, esto les importa un rábano. Somos un México muy desigual, dolorosamente desigual.

Pero así de insana es la actitud de la ciudadanía frente a tanta porquería, ya no sé qué es más deprimente, si la conducta huérfana de ética de los gobernantes o la pérdida de resistencia y combatividad para irse en contra de sus verdugos, de los gobernados. La perversión con que el sistema permeó para que la sociedad validara su voracidad enfermiza, produjo en la psique del pueblo una abdicación del interés individual vinculado a la satisfacción de necesidades básicas, para que se antepusiera a su naturaleza gregaria, a su visión plural de comunidad, dando paso a la indiferencia, a la apatía, al valemadrismo generalizado. Es antinatural, porque fue ese colectivismo, ese sentido de apiñarse lo que le permitió al hombre ponerse a la cabeza de las especies vivientes.

En cualquier otra parte del mundo civilizado, por menos de los escándalos de corrupción e impunidad que distinguen a México, un día sí y otro también, se hubiera armado la de Dios es Cristo, pero aquí no, somos más fríos que un témpano, impasibles como la pirámide de Keops, la conciencia la tenemos permanentemente adormecida, sumida en un letargo que sólo se aviva con los juegos de futbol, porque que pierda México o que gane México en un encuentro pelotero sí que mueve a nuestro pueblo.

¿Cómo despertar a una ciudadanía que se niega enfáticamente a asumirse como tal? No se puede dar por vencida sin presentar lucha para recuperar su dignidad colectiva, ni intentar una suma de esfuerzos que obrarían en su propio beneficio. Tiene que deshacerse de políticos mentirosos cuyo pragmatismo abandona a la verdad como valor intrínseco de la confianza que se les ha otorgado y lo sustituye por una mercantilización para justificar su egoísmo, y no tiene empacho en escupir pos verdades —ahora así les ha dado por llamar a las mentiras— para destruir la asociación con lo que debe ser y no lo que su feroz individualismo altera en detrimento del interés mayor que es el de sus representados. Necesitamos políticos con talla, con grandeza, pero a la gente no le gustan, compra espejitos y lentejuelas, tiene debilidad por los mesías, por la verborrea de los discursos cargados de promesas, y es fecha que el caudillismo sigue haciendo de las suyas en sus sentires. La fascinación por los “tatas” sigue vigente en México. El 1 de julio eligieron por mayoría abrumadora a uno. Y es que el estilo personalista y su forma de relacionarse con la gente hacen del caudillo en el imaginario de ésta, a un ser providencial, que en un santiamén va a resolver todos los problemas que les agobian. El caudillo habla con su audiencia de manera constante, enciende sus pasiones, les ilumina la senda a recorrer para llegar al paraíso prometido, y lo hace sin intermediarios y sin limitación alguna. Es nada más y nada menos que el intérprete de los intereses del pueblo, algo así como la voz de Dios. Es el padre de todos, por eso las riendas las lleva en su puño. Los caudillos por lo general implementan políticas públicas destinadas al enriquecimiento propio y a su clientela. El reparto del bien es discrecional, su ayuda a ciertos sectores se cobra con obediencia. Puede embarcarse en proyectos que desde su óptica son importantes, sin tomar en cuenta costos, ya que todo agosto según sus cánones, es inversión aunque su irracionalidad en materia económica se traduzca en problemas cuya solución es lenta y muy complicada. Lo que esto conlleva en el mediano y largo plazo es por un lado, la descapitalización del país y por el otro, inflación y deuda difícil de solventar a acreedores internos y externos. Asimismo, es típico del gobernante caudillista acallar instituciones y movimientos que no le sean afines. Sabe que no puede arrodillar a todos, por ello focaliza su represión a ciertos sectores. “Vende” la ilusión de un mañana de luz, utiliza a los más pobres en contra del que tiene y a su favor y apacigua la crítica.

Cuando en Venezuela, Carlos Andrés Pérez Jiménez fue derrocado por Hugo Chávez, salieron en tropel los triunfadores a comprometerse a devolverle democracia y desarrollo. Al principio, funcionó, pero luego empezó a engranar el régimen dictatorial que hoy la tiene postrada de rodillas. Aunque fueran dueños de un océano de petróleo, las sinvergüenzadas y las raterías empezaron a hacer lo suyo. El deterioro administrativo y el abuso indiscriminado del poder fueron abriendo grietas y produciendo olores nauseabundos. Le salió el cobre al manipulador con aires de libertador, se apoderó de la tierra del Arauca con su trasnochado discurso populista, prometió el oro y el moro, acabar con injusticias y pobreza y devolverle la grandeza a Venezuela. Ciertamente acabó con los corruptos de antaño, pero se hincharon él y su corte de izquierdistas enfermos de avaricia de cuanto la diosa fortuna le dio a aquel país, por supuesto a costa del pueblo. Los ricos, en cuanto vieron el país encaminado a la deriva quemaron naves y se fueron con sus fortunas, unos a Miami y otros a Europa. Los que se quedaron hoy día no tienen ni qué comer, de ahí el sacar fuerzas de flaqueza e iniciar el éxodo hacia países vecinos como Colombia. Chávez se murió, pero dejó a su testaferro.

Yo espero con todo mi corazón que esto no ocurra en nuestro país. Me niego a aceptar una condena de esta naturaleza, me aterran la indiferencia de un pueblo que se niega a ser adulto, la desmesura de un hombre hambreado de poder y la ausencia absoluta de equilibrios institucionales.

 
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