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  Edición 597
  Mexicanidad: saber quiénes somos
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Hagamos un poco de filosofía; hablemos de mexicanidad. Ser mexicano supone tener, ante todo, una actitud afirmativa por parte de quien asume esa afirmación. La cuestión no es un asunto menor; por el contrario, resulta de la mayor significación pues quien acepta esa concreción acepta también el modo de articularla y afirma un camino determinado y por el cual acepta ser mexicano.

Eso se resuelve en la siguiente tesis. Ningún mexicano puede serlo fuera del mundo, sin la palabra que lo reafirme, sin el gesto que lo confirme y sin la comunidad que constituye su marco vital de referencias.

Ser mexicano no es cualquier asunto. Para serlo de verdad es menester tener valor para lo provisional, conciencia para imprimir la huella histórica, claridad para crear los marcos jurídicos dónde desplegar la vida ordenada; también claridad para incorporar la disciplina en todos los ámbitos del trabajo.

En la aceptación de ser mexicano se incluye también una actitud negativa pues en su joven historia se puede rastrear que niega su objetividad y deshace su camino andado. La razón de esa negación resulta, sin embargo, muy simple: quiere ser auténticamente mexicano.

Para el mexicano no hay una identidad pura. La concreción que se afirma sólo es mediación. A veces presencializa parte de sí, pero también oculta; otras veces abre caminos, pero también cierra posibilidades. Seguro que esto se debe a que el mexicano es como una raíz que no produce un solo tallo y una única flor: siempre está abierto a otras posibilidades.

En el saberse mexicano cabe la posibilidad para la crítica, se da entrada al coraje de no ser. Se vive a diario una ausencia, está vigente la no identidad. Sin embargo, lo importante es advertir que no se niega en un sentido negativista y, por ello, paralizante, sino que a través de esa negación se afirma la no identidad; se afirma también el sentido de superar lo hecho como algo nunca acabado para abrirse a un nuevo hacer.

Esto se debe a que ser mexicano implica un movimiento dialéctico de la afirmación de la identidad y de la no identidad, al mismo tiempo. Es decir, para ser mexicano auténtico, se tiene que afirmar valerosamente y negarse valientemente en un proceso único y dialéctico.

Asumir las dos dimensiones, como expresión del mismo hecho, constituyen la unidad de lo mexicano. De ese modo el futuro jamás se presenta como una abstracción en sí, sino como un formar parte del mundo y de su historia.

Todo esto viene a cuento porque pareciera que, a luz del nuevo milenio que ya está en marcha y un gobierno que pronto entrará en funciones, las prácticas políticas y los modelos de gobierno en México, proyectan una mexicanidad fundada en discursos meramente retóricos y de manual paralizantes.

Se requiere, pues, una nueva articulación que tome en cuenta que, claramente a partir de los años 60, se inició en casi todos los países —México incluido entre ellos—, denominados entonces del tercer mundo, una creciente concientización acerca de los verdaderos mecanismos causantes del subdesarrollo, de tan alto impacto en el bienestar material pero, sobre todo, en el ámbito de las identidades.

Quedó establecido desde aquel momento que el subdesarrollo es consecuencia directa del tipo de desarrollo capitalista que se genera en los países céntricos, los cuales para mantener los niveles de aceleración y acumulación, requieren como una imperiosa necesidad establecer unas relaciones profundamente disimétricas con los países más atrasados tecnológicamente pero ricos en materias primas.

El subdesarrollo económico, al que va ligado estrechamente la cuestión de la identidad, surge como un desarrollo dependiente, asociado al desarrollo de los países ricos. Esa dependencia y su significación es el verdadero problema: es opresión en los diversos niveles de la economía, de la política y, por supuesto, de la cultura, que es donde se inserta la cuestión de la identidad, en este caso, de la mexicanidad.

Todas las estrategias teóricas a muy largo plazo se han propuesto alcanzar una liberación que pueda garantizar un desarrollo sustentado, capaz de atender las necesidades reales de un núcleo social y no necesariamente a los mecanismos de consumo de los países ricos y de los pequeños estratos nacionales asociados a ellos.

El sujeto histórico de esta liberación no es otro que el pueblo oprimido en cada uno de los países en situación de desarrollo, mismo que debe adquirir y elaborar una conciencia de su situación de oprimido. Al hacerlo podrá organizarse y articular una serie de prácticas que tenga como objetivo el logro de una sociedad menos dependiente, menos injusta.

Pero la cuestión del subdesarrollo y de la liberación del estatus de oprimido, no sólo tiene qué ver con las razones económicas; es apenas una mínima parte de algo que tiene mayor peso específico. En realidad, lo que está involucrado es una cuestión de identidad, es decir, de una sociedad que sepa quién es y que identifique las razones históricas de su existencia en el mundo de hoy.

En el caso nuestro, se trata de entender qué somos como mexicanos, qué es la mexicanidad. Para eso se requiere de una reflexión profunda que trascienda la retórica de un discurso fundado en el vacío. Un discurso que reconozca al hombre de carne y hueso, que aborde su cualidad de su anonimato, su olvido, su ignorancia…

Para que aislados logros deportivos y triunfos electorales basados en una democracia de espejismo nos hagan creer, en una ráfaga de optimismo desbordado, que ser mexicano consiste en vivir un nacionalismo ramplón, como ese que una canción popular despliega sus versos y que a letra dicen: así se vive México, así se siente México, así se lleva México en la piel… pero a la que habría que agregarle algo como esto: ignorante, apático, sin disciplina, injusto, vulnerable, sometido, humillado, sin mérito alguno para aparecer en la fotografía, sin personalidad para inscribir su nombre en el libro de la historia, cucho, mal hecho porque así lo han querido imponer la casta de holgazanes surgidos desde los partidos políticos que nos gobiernan y que se han otorgado a sí mismos el derecho de construir este país a su conveniencia, despojando al ciudadano de su libertad para participar en la edificación de una patria con un horizonte plenamente abierto donde el bien común sea la divisa de cambio que le dé nombre propio a cada quien para que abandone su estado de anonimato, de olvido, y de ignorancia en que estamos sumergidos todos sólo porque la falta de conciencia nos ha hecho creer que, bajar los sueldos de los funcionarios, es condición necesaria para construir un país.

Eso es retórica. El problema es más profundo: es una cuestión de saber quiénes somos.

 
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