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  Edición 597
  Los congresos y diputados locales de antaño
 
Juan Antonio García Villa
   
  El sobresaliente mexicano que fue Adolfo Christlieb Ibarrola, abogado, escritor y político fuera de serie, lamentablemente fallecido de manera muy prematura, dijo alguna vez, hacia mediados de la década de los años 60 del siglo pasado, que sobre los Congresos y diputados locales “poco hay que decir, no por falta de interés sino por ausencia de materia”. Y tenía razón.

En otra ocasión Christlieb, quien de no haber muerto de manera tan temprana creo yo que por su ingenio, habilidad, amplia cultura, talento político, patriotismo y sabiduría, todo ello en grado superlativo, hoy México sería otro (¿qué tanto? No lo sé, pero sería otro; mejor desde luego), escribió que si alguien quería saber algo acerca de los legisladores locales, era necesario buscar las notas que sobre ellos aparecían en las llamadas páginas rojas de los diarios de provincia.

Y de nuevo volvía a tener razón Christlieb, porque era precisamente sólo en esos espacios periodísticos donde se llegaba a saber algo acerca de tales políticos de la época. Y no más, porque nadie sabía qué hacían realmente en los recintos legislativos.

Por exótico o increíble que a algunos les pueda parecer lo anterior, quien esto escribe da testimonio de que rigurosamente así era. Los salones de sesiones de las legislaturas estatales sólo se abrían y ocupaban el día en que el gobernador presentaba su informe anual de labores y eventualmente en algunas solemnidades. Y era todo.

Cuando hace 36 años llegué por primera vez al Congreso de Coahuila, los diputados priistas, que formaban aplastante mayoría, se negaban a sesionar. Se decía (esto no me consta, pero la lógica indica que así debió haber sido) que antes de esa legislatura, que fue la XLIX (49), el señor oficial mayor (por cierto, Roberto Vega Mandujano, buena persona y amable en su trato, recientemente fallecido) se veía en la penosa necesidad de levantar actas de sesiones jamás efectuadas e inventar debates y discusiones que nunca se dieron.

Hasta que don David Dovalina (qepd) y yo, integrantes de la primera diputación de oposición en Coahuila, apenas en la semana siguiente a la instalación de aquella 49 legislatura, forzamos las cosas e hicimos que el pleno de los diputados sesionara en el salón del Congreso destinado para tal efecto. Y que además las sesiones fueran públicas. Un pequeño pero significativo paso en la historia legislativa de Coahuila que, comprendo, en adelante debe avanzar con pasos de gigante.

La anterior remembranza viene al caso porque en aquellos iniciales años de la década de los 80, los primeros diputados locales que el Partido Acción Nacional empezó a tener en los estados adoptaron la práctica, ciertamente muy provechosa y útil, de reunirse dos veces al año con el propósito de mejorar su formación, intercambiar experiencias y diseñar estrategias legislativas.

Para calibrar la importancia de esos encuentros ha de tenerse presente que desde su fundación en 1939 y hasta 1973, Acción Nacional sólo tuvo un diputado local, ¡uno solo!, en Michoacán, por cierto. Y fue todo en este terreno en sus primeros 34 años de existencia. La razón: los gobernadores veían a los Congresos locales como cotos privados para premiar a incondicionales y por ningún motivo permitían que voces independientes y libres llegaran a un espacio que consideraban de su exclusivo dominio. De ahí la importancia de los mencionados encuentros de legisladores locales panistas.

Dichos encuentros semestrales tuvieron, digamos, su “época dorada”. Cuando se celebraban con la periodicidad establecida, en doble y en ocasiones hasta en triple jornada. Encuentros a los que se invitaba como expositores a académicos prestigiosos y analistas políticos de renombre. Luego dejaron de realizarse con regularidad y hasta se abandonaron por periodos más o menos largos. Hasta que la semana pasada se reanudaron, y muy bien, después de casi dos años de no celebrarse.

Fue el encuentro número 47 de diputados locales panistas, llevado a cabo de manera intensiva en un solo día, el viernes 7 de septiembre, en la Ciudad de México. Con un magnífico elenco de ocho conferencistas, que incluyó cinco de casa y tres foráneos. De los primeros destacó un completo, excelente análisis de la situación política del país, hecho por Luis Felipe Bravo Mena, y sobre lo que es previsible ocurra con motivo del triunfo electoral de López Obrador.

Y de los foráneos destacaron las intervenciones de Eduardo Bohórquez, de Transparencia Mexicana, y la espléndida, muy bien documentada conferencia del periodista Sergio Sarmiento, que tituló “El PAN y los nuevos retos”, que tuvo un final súbito cargado de gran emotividad por parte del expositor (interesantísima conferencia a la que espero, si se puede, hacer referencia en un próximo artículo).

 
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