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  Edición 597
  Consideraciones respecto a una elección
 
Esther Quintana Salinas
   
  Cuando uno se pone a ver las cosas que suceden en nuestro país, obra de la clase política, nos queda claro que el problema de fondo estriba en que el interés de la nación ha quedado muy, pero muy por debajo del interés general. Esto ha propiciado el advenimiento de una “élite extractiva”, como lo apunta el economista español César Molinas, refiriéndose a la de su país, pero muy ad hoc para describir la nuestra. Cuando una nación queda en manos de élites que solo se ocupan de actuar en su propio beneficio, del color que sean, pues estamos aviados. La diferencia esencial entre los países exitosos y los que no lo son, depende en mucho de sus instituciones, cuando éstas son democráticas y transparentes el bienestar generalizado se convierte en firma de la administración. México tiene severas ausencias en las suyas, no podemos presumir una democracia avanzada con semejantes orfandades.

El advenimiento al círculo del poder en un país que no obstante las recién estrenadas candidaturas independientes, se da bajo los lineamientos de un sistema de partidos políticos, tiene que ser revisado. Y subrayo esta revisión, porque es esencial que se oxigenen los métodos no solo para la selección de sus candidatos en las elecciones constitucionales, sino desde las que se llevan a cabo para elegir a sus dirigentes internos. Las dirigencias tienen mucho que ver con el fortalecimiento de la democracia, empezando por la de su casa, es decir, por la del partido en el que militan. Nadie puede dar lo que no tiene.

En pocas semanas el partido al que yo pertenezco tendrá la renovación de su dirigencia nacional. Hay cuatro aspirantes, había cinco, pero dos ya decidieron ir juntos, me refiero a Marko Cortés y Héctor Larios, va Cortés, Manuel Gómez Morín Martínez del Río, Ernesto Ruffo Appel y José Luís Espinoza Piña. Cada uno de ellos tiene perfil y trayectoria.

Ya hay miembros del PAN que han ido manifestando sus simpatías y apoyos a cada uno de ellos. Hay gobernadores y exgobernadores apoyando a los aspirantes, habrá que ver qué tan definitivo para la victoria del ganador resulta el respaldo de quienes tienen sin duda influencia en la militancia, que será quien defina a su próximo dirigente.

El PAN es una organización de personas, de “hombres y mujeres libres” (estatutos). En las elecciones se tiene que honrar en los hechos esa hermosa libertad y votar en conciencia. Es lo que hemos pregonado en los comicios constitucionales, es a lo que hemos invitado al electorado. En el PAN no se debe abdicar de lo que nos hizo distintos y distinguibles, y que nos permitió después de siete décadas darle al país la alternancia en dos momentos históricos.

No se vale convertir el hacer político del partido en un espectáculo en el que campeen las descalificaciones y los agravios, hoy tan de moda en las redes sociales y en algunas columnas de informativos nacionales y domésticos, en los que se da vuelo el “fuego amigo”. En nada abonan a la credibilidad de un partido político que tiene como uno de sus principios sustantivos el “respeto irrestricto a la eminente dignidad de la persona”. Hay una absoluta incongruencia y eso cómo nos ha restado confianza entre quienes antes votaban por nosotros. El 1 de julio del año que corre la gente nos dio la espalda. Me dice un buen amigo: les quedaron lejos “los días de vino y rosas, los castigó la decepción y el coraje”.

Cuatro años se mantuvo cerrada la afiliación, esto favoreció la endogamia, al ser menor el número de miembros, y creció en consecuencia el distanciamiento de la sociedad. El partido necesita oxigenarse, es cierto que no somos un partido de masas, pero sí de formación de ciudadanos… pero ¿cómo? No se puede crecer con las puertas cerradas. En cualquier organización que esto sucede se empiezan a conformar grupos y cacicazgos dañinos que llevan al traste alcanzar el objetivo de la misma, y vuelvo, aunque suene reiterativa, el objetivo toral de Acción Nacional, desde que se fundó y hasta la fecha, es: formar ciudadanía.

Y para tener ciudadanía hay que formar y capacitar primero a la membresía. También esto, a partir de que ganamos la presidencia de la república dejó de ser relevante. Lo descuidamos, cada vez se fue haciendo más light la enseñanza, se convirtió prácticamente en un mero formulismo para el ingreso, nomás para el ingreso. Para enamorarse, primero, debes conocer. Y en los últimos tiempos ya no tuvo importancia. Y entonces al partido se le asumió únicamente como trampolín, esperar la oportunidad y lanzarse, previa “bendición” del grupo dominante. Qué vergüenza… el partido empezó a tener dueños.

“Es muy triste —me comparte una panista— ver cómo entra gente joven al partido y aprenden de los que ya están a apuñalar al que sienten como su rival. Ya no importa estudiar para amar al PAN y trabajar por él y con él, solo trepar y ocupar una posición, y otra y otra. ¿A dónde vamos a llegar así? ¿Se va a quedar la voracidad a cargo?”. Un partido con pies de barro es muy débil, cualquier crisis lo abate. En lo personal me queda más que claro, que el PAN está enfrentando hoy la necesidad tantas veces señalada por don Manuel Gómez Morín, de tener que definir —antes de orientar nuestra acción política— qué queremos conservar y qué debemos transformar. Pienso que están fuera de discusión cuatro principios base de nuestra doctrina: la solidaridad, la subsidiariedad, el respeto irrestricto a la dignidad de la persona humana y el bien común. Esos son valores sustantivos. El día que se nos ocurra renunciar a ellos, se acabó Acción Nacional. Lo que sí tendremos que trabajar es cómo vamos a convencer a los mexicanos para que vuelvan a ver en nosotros una alternativa en el poder, viable, creíble y, por ende, confiable.

Hoy día la política, en general, quizá empujada por los medios de comunicación, se ha convertido en parte de la “industria del entretenimiento”, y esto sin duda que coadyuva al amarillismo y a la banalización de la información correspondiente. Y vuelvo al asunto de la debilidad de las instituciones, porque esa circunstancia sin duda que contribuye al descrédito de la política. Duele el deterioro de los valores de la política, sobre sus escombros va alzándose el populismo rabioso de mañana.

En este contexto, el PAN tendrá que elegir a su próximo presidente en noviembre. No sólo son importantes el perfil y la trayectoria de quienes se postulan a la presidencia, también la de quienes inviten a formar parte del Comité Ejecutivo Nacional que encabezará el que gane. ¿Cómo van a conformar sus equipos? ¿Con leales o con capaces? ¿Qué importancia tiene esto?

La lealtad debe ponerse en sintonía con las capacidades. La lealtad y la capacidad deben de ir de la mano, la primera, igual que la buena fe y la confianza son relevantes, pero necesariamente se tiene que complementar con las capacidades. Es muy simple dejarse llevar por la tentación de hacerse de un grupo de conocidos y leales trabajando a favor del proyecto, pero es imprescindible no pasar por alto una valoración objetiva y profesional del perfil que se requiere para el desempeño de las funciones inherentes al puesto que va a desempeñarse. Ya puestos en la toma de una decisión, las capacidades no deben depender de la lealtad, ya que al final del día, la lealtad debe de ser al partido, a la institución en su conjunto, no a una persona en lo particular. Triste favor se hace a sí mismo, en strictu sensu, al llevar a un puesto para el que no está calificado a alguien, nomás para agradecer el favor recibido. Hay otras maneras de dar las gracias a quienes ayudan a alcanzar la victoria, incluso el propiciar que exhiba su incapacidad no es forma de reconocerle.

Por otro lado ¿por qué presuponer que quien es capaz no va a ser leal a quien le ha invitado a sumarse al proyecto de servicio? Por lo general, la lealtad y la confianza son prendas que caracterizan a los buenos profesionales, y además en su trayectoria lo consignan. Ya es bastante complicada la exigencia y responsabilidad que conllevan los cargos de esta naturaleza como para andar restándole requisitos a quienes se inviten a ejercerlos. Si queremos empezar a recuperar la confianza de los mexicanos tenemos el deber ineludible de tener un proceso interno de elección impecable. La salud democrática del partido necesita de pulcritud en este ejercicio eleccionario. Tenemos que devolverle al PAN su espíritu, un espíritu de honestidad que se refleje en el cumplimiento del deber cumplido a cabalidad y con grandeza. Necesitamos una generación de políticos a los que no les de vergüenza ser honestos, que les apasione servir a los demás y que no se conviertan en esclavos de la codicia y de lo fácil. Necesitamos un presidente que tenga en su haber estas virtudes y que sepa rodearse de un equipo que también las tenga. Y por supuesto muy preparado y capaz para dirigir a un partido político que en las actuales circunstancias del país, necesita hermanadas inteligencia, congruencia y firmeza. Y algo más… que no sea arrogante, que sepa escuchar, que atienda para que entienda, que no se encierre en su torre de marfil y tenga sus pies, siempre, sobre el piso por el que caminamos todos.

Cierro con esta frase que me encantó, es de la autoría de don Heberto J. Peterson Legrand, cronista honorario vitalicio de Ensenada, Baja California: “Señores panistas: abran el baúl de los olvidos, descubran el tesoro que tienen frente a ustedes y son incapaces de ver. Exijan auténticos liderazgos”.

 
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