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  Edición 596
  Efímera virtud
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Después de dos mil 500 años de historia, sabemos bien que lo específico y más valioso de la democracia griega era haber dado al ciudadano de Atenas, la libertad de opinión y de palabra en torno a los problemas de la ciudad.

La opinión y la libertad de palabra eran un atributo de los filósofos. Este atributo permitía a los hombres de pensamiento cambiar su pobreza material por una riqueza espiritual y por una libertad sin restricciones para decir lo que quisieran sin ser molestados por ello.

Este atributo del filósofo griego, hoy resulta por demás atrayente, como lo era para las clases populares de la antigua Grecia. Lo era porque permitía la emergencia de auténticos héroes de oposición a los sistemas de poder; tal fue el caso de Sócrates, de Epicuro o de Diógenes.

Sin embargo, aún en la democracia griega, este atributo era difícil de tolerar, especialmente cuando la posibilidad de una crisis surgía como amenaza, tanto para la ciudad como para los que algunos percibían como sus valores (generalmente, sus valores relacionados con el poder).

El ejemplo de mayor contundencia lo tenemos en el viejo y más conocido filósofo que usaba su libertad para interrogar y para cuestionarlo todo, quien acabó siendo percibido por la mayoría de sus conciudadanos prácticamente como un vulgar charlatán, como un corruptor de la ciudad, como un enemigo de las libertades y como un corruptor de las tradiciones.

Esto se debía principalmente a que el filósofo Sócrates utilizaba otro maravilloso concepto como base de su quehacer: la refutación. Y la refutación llevaba directamente a la obtención de una sabiduría crítica. Y, otra vez, un ciudadano que dedicaba la mayor parte de su tiempo productivo a refutar a los demás pues, evidentemente, resultaba incómodo a los demás y, por supuesto, constituye una amenaza, particularmente cuando en el horizonte social es plenamente visible el surgimiento de una crisis.

Y sí, el siglo IV ateniense, antes de Cristo, naturalmente, fue un período temporal que expresó una gravísima crisis y desintegración social debido a múltiples factores que ahora no es necesario mencionar, pero lo que sí es importante destacar es que la Grecia de esa época simbolizaba una manera de entender la vida y las relaciones humanas, mismas que, al entrar en crisis, pusieron una lejanía espiritual en su vida ordinaria.

La crisis ateniense del siglo IV antes de Cristo, representa el desplome de un estilo de vida. Otro filósofo de la misma época, Platón, pensaba que esa crisis había dejado la sensación de miedo en una sociedad que no sabía cómo manejarlo. Más aún, pensaba que un gobierno basado en el miedo estaba condenado a fracasar bajo la premisa de que la violencia que se ejerce contra esa sociedad, nunca podrá ser suplida por la ley.

Y, mire usted amable lector, ¿no es esto algo muy parecido a lo que pasa hoy en México? ¿No somos una sociedad sometida al miedo cotidiano ante el acoso de la violencia que nos gobierna? ¿Acaso toda esa vorágine de secuestros, robos, crímenes, fosas clandestinas, linchamientos, corrupción e impunidad, entre otros, no ha contribuido a cambiar las formas que recién tuvimos para entender la vida y las relaciones humanas entre los mexicanos?

La solución que para la Atenas del siglo IV antes de Cristo encontró Platón, fue poner el gobierno en manos de una minoría cuyo rasgo distintivo no fuera la posesión del dinero ni el ejercicio de la violencia, sino su amor a toda prueba por el conocimiento. Y esta minoría no podía ser sino el conjunto de sabios que se hubieran consagrado a la búsqueda de la verdad.

Ésos, según Platón, son los que deberían gobernar y no los numerosos, como quiere la democracia mexicana, porque ellos no comprenden lo esencial y terminan por convertirse en un peligro cuando ejercen el gobierno.

Amparados en el espejismo de la democracia, llegan una y otra vez a los gobiernos de México, los numerosos y no los sabios. La estructura que ha permitido gobernar a un país como el nuestro durante décadas se ha construido con la apariencia de los muchos, pero, en el fondo, son los menos (aunque no los sabios) los que se han encargado de ejercer el gobierno creando grupos de inmenso poder que despliegan sin más sobre una masa anónima que no tiene manera de refutar nada.

País de miedo como somos ahora, seguro que seguiremos siendo gobernados por los invisibles, los que no se ven pero que están insertados en los puestos clave donde se toman las decisiones vitales de un país. Esos que son la verdadera fuerza ejecutora de voluntades ajenas a la consecución del bienestar común.

En el caso de un gobierno como el mexicano, yo no creo que esté constituido por los ministros, secretarios de Estado, senadores y diputados, eso es casi una farsa. El verdadero gobierno de México está integrado por los que se constituyen como mecanismo del Estado para velar por sus intereses. Y a esos nunca los vemos.

Todo eso viene a cuenta porque he empezado a ver cómo el presidente electo ha ido configurando lo que será su equipo de trabajo. Conocemos ya los nombres de algunos. Eso es apenas una efímera virtud porque de los otros los que gobernarán de de veras, no sabemos nada. Es decir, todo sigue igual que antes; seguimos siendo fieles a un sistema que ha probado con creces que solo sirve a una minoría amante del dinero y del poder, dos componentes esenciales de la maldad.

¿Cuándo llegará el día en que un presidente de la república, electo o ya en funciones, no esté rodeado de aduladores ni sumisos que no se atreven a poner en duda la verdad de sus palabras? ¿Cuándo, me pregunto, aparecerá el hombre que resuma en su persona el talento total del género humano, el ser en que, por la investidura de que es poseedor, sea capaz de reunir el ideal platónico para un gobernante y que, por ello, sea también capaz de devolver la armonía, la tranquilidad y la paz a una sociedad que vive bajo la sombra del miedo?

Pregunta sana: ¿Será este AMLO el que nos dé la sorpresa? Respuesta sana: Lo dudo.

 
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