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  Edición 596
  Jardín de Venus: tentación de algunos, terror de otros
 
Edgar London
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  Dicen que Félix María Samaniego pidió, poco antes de su último suspiro, echar a la basura un conjunto disperso de pequeñas y procaces historias que no habían encontrado aún espacio de publicación. Puede que el escritor temiera ser mal recompensado por su ingenio una vez que estuviera frente al Altísimo —muy a tono con los arrepentimientos premortem— o, quizás, que sus muchos enemigos literarios lo catalogasen de depravado y así promoviesen su nombre para la posteridad. Ignoro quién desobedeció la solicitud del español, pero la humanidad agradece esta ligera insubordinación pues esos textos terminaron formando, años después, El jardín de Venus, una delicia para los lectores que buscan acercarse a un tema poco muy tratado durante el siglo XVIII: el sexo.

Y no era para menos la discreción en torno a los pecados carnales. La época que le tocó vivir a Samaniego estuvo marcada por una Inquisición intransigente y, muchas veces, mortal. El sexo se consideraba tabú dentro de las manifestaciones artísticas, especialmente si era utilizado para ridiculizar o develar la falsa moral de las autoridades. Sin embargo, siempre han existido hombres con talento para tentar los límites y, de camino, la paciencia de los censores.

Cualquiera que asome sus narices a El jardín de Venus que lo haga con cuidado porque de sus páginas emergen todo tipo de fenómenos y viscosidades, constantemente edulcorados con fino humor, pero también con un sentido crítico que no siempre se preocupa por ocultar. No en balde, Samaniego tuvo que enfrentar la ira de la Inquisición. Si bien escapó del máximo castigo por la intervención de algunas altas influencias que le valieron sus mejores relaciones, el fabulista pasó buena parte su vida a un paso del vacío o, lo que es más exacto, de la hoguera.

Esta combinación sexo-poder ha sido muy efectiva cuando se trata de atacar a las autoridades, no importa si eclesiásticas o políticas. Más funcionarios han caído por escándalos sexuales que por robos o corrupción. Si no que le pregunten a Eliot Spitzer, quien el 12 de marzo de 2008 dijo adiós a su gubernatura en Nueva York, luego de que los medios ventilaran que era cliente fijo de un club de prostitución. Mas no sería el único en tomar ese tipo de decisiones en la Gran Manzana. Tres años después, Anthony Weiner, entonces congresista demócrata por Nueva York, se vio obligado a renunciar a su escaño en la Cámara de Representantes de Estados Unidos, el 16 de junio de 2011, tras admitir que le había enviado, vía Twitter, fotos inapropiadas a una estudiante universitaria de 21 años y haber sostenido conversaciones subiditas de tono con otras mujeres.

No obstante, hay quienes salvan el pescuezo, especialmente cuando la corrupción en que se desenvuelven sobrepasa las dimensiones del simple chisme erótico. México, en múltiples ocasiones, ha servido de escenario para casos de esta índole. Recordemos a Rubén Escamilla Salinas, cuando era candidato a diputado por el distrito 35 del Distrito Federal. El perredista fue grabado mientras una empleada de la Delegación Tláhuac le hacía sexo oral a cambio de una plaza de trabajo. El video se difundió en YouTube y aunque, en algún momento, parecía que terminaba la carrera política de Escamilla, nada sucedió. Ganó su curul en la Asamblea Legislativa del D.F.

¿Y cómo olvidar a Hilario Ramírez Villanueva? El alcalde que “robó poquito”. En su cumpleaños 44 a casi nadie le llamó la atención su fiesta, donde invitó a 50 mil personas, a un costo de 50 millones de pesos. La noticia del evento fue otra. El edil de San Blas, Nayarit, no sólo se conformó con bailar muy pegadito a una joven que subió al escenario, donde tocaba la Banda El Recodo, sino que le levantó la falda para que todos vieran los calzones de “Rosita”. Al día siguiente las redes, lideradas por voces femeninas, explotaron en contra de Layín y le pidieron que renunciara a la presidencia municipal. Pero el edil se mantuvo en su puesto. Ofreció una disculpa pública… y a seguirle, con “Rosita” o la que estuviera a su alcance.

Samaniego, entonces, estaba en lo cierto. La sátira, matizada con sexo, es un arma formidable para reprender los excesos y el doble rasero que caracteriza al poder. Lástima que las refocilaciones de sus obesos sacerdotes con monjas que poco o nada tienen de inocentes, se queden muy por debajo de las atrocidades que comenten —o permiten que se cometan— los clérigos y políticos de hoy en día. En estos lamentables casos, el humor picaresco sale sobrando y el dolor, como médula de las más crudas tragedias, toma su lugar y nos hiere.

 
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