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  Edición 596
  La individualidad colectiva
 
Esther Quintana Salinas
   
  Cuando el individualismo se generaliza la política se convierte en mero instrumento de procedimientos tecnocráticos vertidos sobre una sociedad aparentemente indiferente. La maquinaria gubernamental aplicada a una supuesta representación de la población sirve para dos cosas: para nada y para nada. Me explico, sus estructuras no le sirven a una sociedad que ni siquiera les tiene confianza, que no siente, ni percibe que son sus intereses los que el gobierno protege. Asistimos al “florecimiento” y multiplicación de la indiferencia. La responsabilidad histórica de unos y otros, es decir, de gobernantes y gobernados, se eclipsa. La sociedad deja de ser lo que teóricamente se supone que es; es decir, suma, colectividad asociada para vivir acorde con su naturaleza gregaria. Se convierte en masa, lo apuntó espléndidamente Hanna Arendt: “Una sociedad de masas no sólo destruye el campo de lo público, sino también sobre el privado, de-privando a los hombres no sólo de su lugar en el mundo sino también de su hogar, donde ellos alguna vez se sintieron protegidos, y donde, a cualquier nivel, aquellos excluidos podían encontrar un abrigo substitutivo”. El ejercicio de la libertad pierde su esencia, ¿por qué? Porque ejercerla demande un proceso de reflexión racional.

La libertad requiere de hombres y mujeres compartiendo un espacio público común, en el que se encuentren y reencuentren con sus iguales porque en ese sitio existe cuanto te da identidad y sentido de pertenencia, ahí están los puentes con los que te vinculas con otros, ahí está la tarea del Estado cumpliéndose como agente cohesionador, ocupado en generar condiciones para que quienes ahí conviven ejerzan las libertades que les corresponden por ser personas y habitantes de una comunidad específica. Esa es la razón de vivir en sociedad. Pero cuando los órganos del estado a través de servidores públicos, hombres y mujeres de carne hueso, que son los encargados con tareas y funciones específicas sujetas a la normatividad jurídica, es decir, al Derecho, no actúan conforme a lo prescrito, sino todo lo contrario, y además en la absoluta impunidad, el objetivo no solo no se alcanza —bien común— sino que se genera una crisis de ausencia de institucionalidad, como la que hoy vivimos en México, con sus devastadoras consecuencias.

La marginación y la pobreza de millones de mexicanos están dañando al país de manera severa, hay que ser mezquino o de plano ignorante, para no ver el tamaño de la tragedia, la inseguridad, la violencia, la anarquía, están comiéndose vivo a México. Ningún Estado puede sobrevivir cuando sus componentes se están pulverizando por cuenta de la corrupción y la impunidad, absolutamente consentidas, no solo desde las estructuras estatales sino contando con complicidades de miembros de la propia sociedad civil. ¿Y sabe qué es lo peor de todo? La indiferencia de la mayoría ante un fenómeno que debiera ponernos a todos a pensar y luego a actuar, para resolverlo. Lo que hemos estado viendo los últimos días, son descorazonadores. Reconocidos sinvergüenzas van a estar a cargo del país desde las más altas esferas del poder público: secretarios de Estado, senadores, diputados. Hombres y mujeres que contribuyeron al desmembramiento de este país, van a tener poder, mucho poder, para seguir haciéndolo pedazos. Y llegan otros que no tienen ni idea de la tarea, aunque legitimados por la votación masiva de un pueblo decepcionado, frustrado, dolido, hastiado, de los resultados de gobiernos que nunca tuvieron contrapesos institucionales, con la promesa del “cambio verdadero” o de la “cuarta transformación”… pero ¿cómo va a darse la metamorfosis si repitieron exactamente el mismo esquema al elegir? El gobierno lópezobradorista será libre de actuar como le plazca, no hay ningún equilibrio. Es otra vez el todo para uno. Ochenta años de PRI y ahora Morena. Es la vuelta a los orígenes. Es el “nadie niega la cruz de su parroquia”.

De acuerdo a los estudiosos, la diferencia entre un país exitoso y uno que no lo es, se escribe en su evolución y desarrollo, consecuencia de la formación y educación de sus habitantes. No de sus recursos naturales, porque entonces seríamos lo non plus ultra y Japón, Singapur, Finlandia, verbi gratia, estarían en la lona. Japón es la tercera economía mundial y su suelo es montañoso e inadecuado para la ganadería y la agricultura. Singapur era la cloaca de Asia hace 30 años. En Finlandia el sol no se pone durante 73 días. ¿Por qué son países ricos, entonces? Por su nivel de educación y formación de ciudadanos.

En Japón, me centro en este país, la educación primaria y secundaria son obligatorias, y usted dirá, también aquí en México… pues sí pero, ahí va el pero que hace la diferencia. El mismo gobierno se encarga no solo de asignar, sino de controlar la plaza de cada uno de los educandos en la escuela, por principio, remite directamente la documentación correspondiente al centro educativo asumiendo la responsabilidad de cada trámite, y esto lo hace desde meses antes de que un niño tenga que escolarizarse. Sus padres simplemente reciben en casa el documento formalizado y aprobado sobre la escuela asignada, las actividades y el calendario escolar. La rectoría de la educación la tiene el Estado, no la “negoció”, como aquí en México con el SNTE… malhaya ese día. Con la reforma se la devolvimos, pero eso no convino a la mafia que pone y dispone en el magisterio y que hoy está de plácemes porque la van a echar abajo.

Otra diferencia que dice porque la educación es diferente en Japón. Cuando un maestro, por causa justificada, falta a su clase, no se produce ningún cataclismo, no es día libre para los chicos ni hay ningún desorden en el salón. Los mismos alumnos se hacen cargo de la lección del día con base en el programa de estudios y labores previsto para todo el ciclo escolar. Los niños japoneses, desde los seis años, van solos a la escuela, no van sus padres con ellos ¿se puede? Claro, la delincuencia en aquel país es mínima. Allá no queman vivos a inocentes, mientras la policía está encerrada ensuciándose en los calzones. Es muy común que los chicos de la misma colonia se vayan juntos a la escuela, los mayores cuidan a los chiquitos hasta que estos crecen y se repite el ciclo. De ahí que la honestidad y la ayuda al prójimo sean parte esencial de la idiosincrasia japonesa.

En Japón, la limpieza e higiene de la escuela están a cargo de los maestros y los alumnos, entre todos limpian salones, oficinas, patios, jardines, baños... Y esto no obedece a que no puedan pagar para que terceros lo hagan, es parte de su formación para aprender a trabajar en equipo y ayuda mutua, además, son lecciones de humildad para cuando sean adultos. ¿Y qué cree? Siempre está limpio, porque ensuciar significa repetir la tarea. Lo vimos en el pasado mundial del futbol… ¿se acuerdan como limpiaron el estadio los japoneses después de que su equipo jugó?

Algo más, las escuelas no cierran ni en vacaciones, siempre están abiertas para que los chicos puedan acudir a la biblioteca, a cursos de regularización y actividades extra escolares.

Por supuesto que en casa empieza la formación, la escuela es corolario. La consideración y el respeto los japoneses los aprenden desde pequeñitos, dándoselos a sus abuelos y personas mayores, como reconocimiento a su sabiduría y experiencia. Aquí en México hacen mofa de la edad, nomás hay que ver las redes, en ellas se burlan de las canas, hoy día ser mayor es motivo de guasa y ninguneo, para muchos jóvenes huérfanos de principios y valores. Es lo que han visto en su casa, simplemente replican, son del colectivo —cada día más en aumento— de huérfanos con padres vivos.

En Japón el lema es “modales antes que conocimientos”. De ahí que sea hasta el quinto año de primaria cuando se inicia la aplicación de exámenes y evaluaciones, en virtud de que en la cultura nipona, el conocimiento no sirve de nada si la generosidad y el amor a los demás y a la patria, no anidan en el corazón de un humano. Y tienen toda la razón, por lo menos desde el punto de vista de quien esto escribe.

Es inaceptable que un niño se quede al margen de un derecho que hace la diferencia entre un ser humano pleno y uno mutilado. El estado tiene el deber de combatir esa desigualdad tan dolorosa. No puede ser que haya niños que por falta de recursos, por su entorno cuajado de pobreza, sean condenados a vivir como parias por secula seculorum. El Estado tiene que plantear programas específicos de apoyo para cada niño en situación de pobreza, pero sin tintes partidistas, sin mugre electorera, sin intervenciones de lideretes sindicales como la “maistra” Gordillo —a la que ya revivió el pacto “primoroso”—, o México está condenado al fracaso.

Nunca, y lo subrayo, porque conozco la reforma que aprobé siendo diputada federal en la LII Legislatura, me llevó hacerlo, pensando en cómo fastidiábamos a los maestros sino en cómo privilegiábamos que los niños y los jóvenes mexicanos fueran los mejor educados y formados, de conformidad con los hermosos contenidos del artículo 3 de la Constitución de la República. Soñamos con un modelo educativo emancipador que hiciera efectivo el derecho de cada niño y joven mexicano a la educación y al éxito educativo, porque la escuela es el espacio propicio para convertir en realidad una educación fundada en la afectividad como reconocimiento del otro, para formar un “nosotros” inclusivo donde descubrieran sus individualidades y aprendieran a conjugarlas en plural, donde se sintieran apreciados y reconocidos en su propia singularidad porque con ello tendrían la materia prima para ser solidarios por convicción.

Lo que se inventaron para denostar y hacer pedazos la reforma educativa fue que atentaba contra los derechos laborales de los maestros. Y el gobierno federal de EPN callado. Como no se le cae la cara de vergüenza. Qué ruindad…

Y usted… ¿Qué celebra “maistra” Gordillo?

 
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