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  Edición 596
  ¿Quién mató al comendador?
 
Marcos Durán
   
  Fuenteovejuna es un municipio de no más de cinco mil habitantes, localizado en la provincia de Córdoba, España. Fue ahí donde, el 22 de abril de 1476, sus pobladores se convirtieron en una pandilla tirana y justiciera que acabó con el yugo que los azotaba, linchando y matando al comendador, don Fernán Gómez de Guzmán, un truhan que abusaba de su poder.

Este hecho, dio pie a una investigación ordenada por Fernando V de Castilla, rey de España, para dar con él o los responsables del crimen. En las audiencias, la totalidad de la villa asumió la responsabilidad y en los interrogatorios sobre ¿quién mató al comendador?, el Pueblo contestaba al unísono: ¡Fuenteovejuna, señor!

El drama inspiró a Lope Félix de Vega Carpio, el creador del teatro español y uno de los más prolíficos dramaturgos de habla hispana, a escribir su principal obra, Fuenteovejuna, la historia del levantamiento de un pueblo que consideraba que esta acción “ilegal”, restituía la justicia y acababa con la impunidad.

Menciono la obra de Lope de Vega, porque cada vez se vuelven más frecuentes los casos donde grupos de población, hacen justicia por su propia mano. Usted seguramente se enteró de lo sucedido en Acatlán de Osorio en Puebla, cuando una turba linchó y quemó vivas a dos personas que fueron acusadas injustamente de intentar robar a un menor de edad. Todo se hizo, por supuesto, sin juicio legal de por medio cuando desesperados y fuera de control, los habitantes de Acatlán se convirtieron en jueces y verdugos, provocando que una horda golpeara y quemara hasta la muerte a los presuntos secuestradores y como escribió Lope de Vega: “Fue Fuenteovejuna”, todos y nadie mataron a estas personas.

Pero esto no es nuevo, sucede con cierta regularidad y fue abordado en un estudio elaborado por Raúl Rodríguez Guillén y Norma Ilse Veloz Ávila, investigadores de la Universidad Autónoma Metropolitana y publicado en la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal, bajo el nombre de “Linchamientos en México: recuento de un periodo largo”. El estudio registra, al menos, 366 casos de linchamiento durante los últimos 25 años. El 80% de los casos se concentran en siete entidades: Estado de México, Ciudad de México, Puebla, Morelos, Oaxaca, Chiapas y Guerrero. En Coahuila no se ha presentado ningún caso.

Yo entiendo —o quisiera entender— la frustración que genera ver la impunidad de los delincuentes y la negligencia y lentitud del sistema judicial, llámese policías, agentes del ministerio público y jueces. Pero si algo ha quedado demostrado a lo largo de la historia, es que cuando los ciudadanos ejercen una acción supletoria para combatir la violencia, ésta solo genera más violencia. Además, los llamados “linchamientos”, se hacen sin la menor intención de preservar la vida de los acusados. Así que, imagínese usted, que si en el sistema judicial vemos a inocentes sentenciados y a culpables exonerados, qué pueden esperar de quienes quedan en medio de la locura colectiva. Se trata pues, de actos iguales o peores que provocaron los linchamientos.

Estamos regresando a tiempos que creíamos superados, cuando cada quien tomaba justicia por su propia mano, a las épocas del “ojo por ojo”, a la irracionalidad, la pasión y el deseo de sangre, todo en aras de procurarse una justicia que creen que no llegará por los canales institucionales. Esto es intolerable, injustificable y, a todas luces, atenta contra las normas mínimas de convivencia social.

Sigmund Freud en su obra Psicología de las masas y análisis del yo, asegura que la multitud es impulsiva, cambiante e irritable, y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente. La masa posee un sentimiento de omnipotencia y, al mismo tiempo es influenciable y crédula. Sus sentimientos son simples y llegan rápidamente a los extremos. Por el contrario, los individuos son inteligentes y reflexionan y actúan menos por instinto. Así que tengamos cuidado, pues existe un hilo muy delgado que en medio de este ambiente de hostilidad social, nos puede conducir a caminos inesperados. Ahí está la frase de Shakespeare: “Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento”.

 
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