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Editorial
   
  El presidente Peña Nieto perdió la última oportunidad de retirarse con decoro. Frente al juicio ciudadano del 1 de julio, lo mejor era presentar su último informe con discreción y mesura. La realidad del país no puede cambiarse con spots ni es posible sujetar la percepción social a los deseos del gobierno. La sobreexposición de un mandatario cuya aprobación ronda el 20% solo sirve para atizar el encono. Peña perdió, casi desde el inicio de su administración, la credibilidad y el respeto ciudadano sin los cuales ningún líder puede gobernar, generar consensos ni pasar decentemente a la historia.

El fenómeno no es privativo de México. Se observa en Francia y Argentina, en Alemania y Reino Unido, y ni qué decir en Estados Unidos donde, según un sondeo de la cadena ABC y de The Washington Post, el 60% de la población reprueba a esa mofeta de presidente llamado Donald Trump, quien ha avergonzado al gigante frente al mundo más que ninguno de sus predecesores. En los funerales del senador John McCain (“héroe de guerra y referente de la vieja guardia republicana”, El País, 27.08.18), a los que Trump no fue invitado, la inquina contra el energúmeno unió a los opuestos. El daño causado a la democracia, la libertad, la paz y los derechos humanos puede ser mayor y acaso irreversible si el socio de Vladimir Putin ocupa por más tiempo el Despacho Oval.

En la misma línea discursiva de Trump, quien lo avasalló y le tomó la medida desde su visita a Los Pinos, Peña asegura que México es hoy mejor que hace seis años. Los indicadores económicos, de seguridad, justicia, bienestar y confianza lo refutan. El equilibrio del país es demasiado frágil. La deuda y la violencia son los principales factores de riesgo. La elección de Andrés Manuel López Obrador y la composición del nuevo Congreso redujeron la presión política y social. Seis años más del PRI o del PAN en el poder habrían acelerado la crisis.

Peña convirtió la presidencia en un laberinto del cual jamás pudo salir. Su gestión correspondió más a la de un cacique local, como él mismo lo fue de Estado de México, no a la de un jefe de Estado y de Gobierno. Reinó, pero no gobernó; en su lugar lo hicieron otros. La corrupción, la impunidad y la soberbia eclipsaron el sexenio y abrieron las puertas a una alternancia inédita. Los 30 millones de votos por López Obrador materializaron el enojo social contra un régimen basado en los privilegios, la exclusión, el abuso y la mentira. El discurso de la senadora Claudia Ruiz Massieu, líder del PRI, en la apertura del primer periodo ordinario de sesiones del Congreso general, hizo aún más patente el fracaso de su partido en la conducción del país. El silencio, a veces, es la mejor defensa.

La mercadotecnia política, fábrica de fantasías y máquina devoradora de recursos públicos y privados, le permitió a Peña Nieto ganar las elecciones, pero no lo hizo presidente. La mayoría de los votantes prefirió a López Obrador justamente por representar la antítesis de ese modelo manipulable y manipulador. El sexenio termina de la peor manera y todavía sin un futuro claro para el país. La presidencia de Peña ha sido lastimosa; y seguramente para él, traumatizante. Para quien ha ostentado la máxima responsabilidad política, ningún castigo es peor que el repudio popular. López Portillo y Salinas de Gortari ya tienen compañía en la galería de villanos.

 
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