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  Edición 595
  Figura esencial
 
Jaime Torres Mendoza
   
  II

Decía en mi artículo anterior firmado con el título de “Figura esencial I”, que quien hace crítica es un observador profundo de su entorno para demolerlo y luego re-crearlo, es decir, volverlo a crear.

Vuélvame a perdonar el lector esta aclaración, quizá innecesaria, para darle continuidad al anterior y a través de los cuales pretendo reflexionar sobre un problema de urgente atención en nuestros escenarios cercanos, como el de Saltillo, el de Coahuila y el de México. Me refiero a la educación.

De mi colaboración anterior retomo la parte que se refiere a esa figura esencial que es el profesor y que los nuevos modelos educativos, en un intento de cambio de viraje institucional, minimizan de la manera más simple al querer repensar la figura del profesor a través de un cambio institucional impuesta para buscar los beneficios de lo que, razonablemente, cabe esperar de otras fórmulas que produzcan efectos deseables en el marco de nuevos esquemas institucionales estables.

Pues bien, en este esquema contextual se sitúan los cambios institucionales que subyacen en todas las reformas educativas propuestas o impuestas por el estado mexicano y que ponen en tela de juicio a esa figura esencial, de fundamental importancia para la educación: el profesor.

En estos esquemas de novedad, se olvida que ser profesor, educador, maestro, catedrático, no es una cosa menor sino sustancial pues tener ese apelativo como tal, significa el reconocimiento de facto de un valor y una dignidad que el apelativo ya tiene por sí mismo, de manera inmanente, dirían los filósofos.

Por eso en el conjunto de reformas educativas que se hacen hoy en México, resulta incomprensible la urgente necesidad de introducir vergonzosos disfraces para encubrir esta dignidad que, a mi juicio, debiera mantenerse en su estado original.

Me refiero, claro, a esa grandilocuencia verbal que hoy constituye la estructura esencial de los nuevos modelos educativos: facilitador, gestor pedagógico, monitor, organizador del aprendizaje, mediador, proponente de conocimiento, y otros símiles y apodos que sólo sirven para confundir y, sobre todo, para enmascarar un proyecto institucional que privilegia las apariencias a fin de adormecer a una comunidad en torno a la extinción de esa figura esencial y vital en el desarrollo de la ciudadanía, como lo es el profesor.

Un profesor, insisto de manera contundente en ello, es un ente que hace crítica para construir y enseña a critica para reconstruir; un profesor es una vocación contenida de pasión para crear; un profesor es un ente que sabe y, porque sabe, también aprende de manera constante; un profesor es la encarnación de una proyección futura de la sociedad donde él mismo se desenvuelve; un profesor no es un adorno disperso en una estructura, sino una construcción que fortalece todo el ámbito de sus alcances: la sociedad entera, aunque esto, dicho así, parezca una utopía.

El profesor es la fuente original para comprender que el mundo es una realidad objetiva, independiente del ser humano, pero posible de ser conocida. La dimensión de ese conocimiento lo puede propiciar el profesor en el aula para hacer comprender al alumno que la idea de que el ser humano es un ser de relaciones y no sólo de contactos.

De la comprensión de esta idea se desprende su apertura a la realidad, que es de donde surge, precisamente, el ser de relaciones que es y de allí saltar a la noción de la existencia, cuya significación es estar en la realidad, estar en ella y con ella.

Entender que existir en y con la realidad tiene un sentido de crítica porque estar en y con la realidad significa trascender, discernir, dialogar, comunicar y participar, como categorías propias de la existencia pero entendidas siempre en el marco de otra categoría mucho mayor: la de la libertad.

Los modelos educativos surgidos del Estado ignoran (creo) que cada vez que se limita la libertad, se transforma a un sujeto en un ser meramente acomodado. Y justamente por eso, por ser minimizado, cercenado y acomodado, se le puede imponer, sin el derecho a discutir, y se le puede sacrificar su capacidad creadora.

Quizá una de las mayores tragedias del hombre contemporáneo es que su manera de existir se vea reducida a estar dominado por la fuerza de los mitos y dirigido por la publicidad organizada, renuncia cada más rápido y hasta sin saberlo, a retomar su capacidad para decidir pues está siendo expulsado de cualquier marco de decisiones.

Un ser humano sin libertad no capta las tareas propias de su época, esas que le son presentadas por una élite que las interpreta y luego se las entrega en forma de receta que hay que seguir sin ningún cuestionamiento de por medio. Y cuando, siguiendo las indicaciones de la receta, juzga que se salva, en realidad se ahoga en el anonimato, en la masificación, sin esperanza y sin fe. Es decir, se le rebaja a ser puro objeto, cosa, porque ha dejado de ser sujeto.

El individuo simple, dominado, oprimido, disminuido y acomodado, es un ser convertido en espectador, es un ser que es dirigido por el poder de los mitos creados para él por fuerzas sociales más poderosas que terminan por destrozarlo y aniquilarlo. Sí, ese el hombre trágicamente asustado, el que teme a la convivencia auténtica y que duda de sus posibilidades de realización en la realidad que vive.

Y lo peor es que, sin la capacidad de visualizar su tragedia, de captar críticamente sus temas, de conocer para interferir, es arrastrado por el juego de los propios cambios y manipulado, no percibe el significado dramático de los cambios que ocurren a su alrededor.

Sabido es que una época histórica representa siempre una serie de aspiraciones, de deseos, de valores, y que todo eso se persigue como una búsqueda para alcanzar la plenitud de esa misma época.

Pues bien, el papel del profesor es aquí importantísimo, pues en la planificación, en la superación de esos valores, de esos deseos, de esas aspiraciones, y la manera en que las reformule, se humanizará la afirmación del sujeto para contribuir a la mejor captación de los temas de su tiempo.

Todo esto le es negado a esa figura esencial de la educación al despojarlo de su aula y dejarlo fuera del fenómeno educativo que las instituciones del Estado reclaman hoy como suyas y no de una colectividad que clama por entender su entorno.

 
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