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  Edición 595
  ¿La cuarta transformación?
 
Esther Quintana Salinas
   
  La corrupción es un flagelo que carcome las instituciones públicas que se supone debieran dar solidez a nuestro país. Todos los días se revelan robos y escándalos de la clase política, pero la tragedia es que nunca pasa nada, y cuando parece que pasó… puaff… todo queda en lo de siempre: impunidad. La pérdida de confianza es consecuencia, sin embargo los mexicanos nos acostumbramos a vivir así. El 1 de julio los mexicanos le otorgaron el voto mayoritario a López Obrador, les convenció de que con él se combatirá a la corrupción hasta acabar con ella… ¿cómo? Con el ejemplo. El suyo y el de sus colaboradores en la administración pública y en el poder legislativo. Se les entregó en charola de plata todo el poder, el que antes tenía el PRI se fue con los morenos. No votaron por un solo equilibrio institucional, no obstante saber lo que esto significa y sus consecuencias. Pero el hecho es ese y punto.

AMLO tuvo desde el primer momento el “consentimiento del perdedor”. Tanto Ricardo Anaya como José Antonio Meade salieron ipso facto a reconocer su derrota. El “consentimiento del perdedor” es una de las teorías más interesantes sobre la consolidación de las democracias, y no tiene gran ciencia, simplemente se requiere que los perdedores acepten lo que se votó en las casillas y continúen en la arena política.

¿Qué pasa con las fuerzas políticas perdedoras que en lugar de irse a una Litis en los tribunales, aceptan su derrota y permanecen participando? Es lo civilizado, lo ideal ¿o no? AMLO lo tiene expreso de sus otrora adversarios en la contienda. ¿Qué le corresponde a él como contraparte? Pues la “humildad del ganador”. La resiliencia juega un papel importante. El éxito de la democracia depende de la respuesta de ambas partes, la responsabilidad es mutua.

Hoy, tanto al PAN, segunda fuerza política a nivel nacional, y al PRI, en el tercer sitio, les corresponde actuar con categoría, pero también a López Obrador. Si en el trayecto asume humillar a los derrotados, los resultados no van a ser los mejores para el país. Las victorias y las derrotas electorales no son para siempre, hoy ganas, pero mañana puede ser lo contrario.

La corrupción es la plaga número uno que se tiene que enfrentar y acorralar. Sobre ella tiene que ir el nuevo gobierno, y también la oposición. Cuando no se le ataca eficientemente, como es el caso de la mexicana, el ciudadano responde de tres maneras: con indiferencia, con desesperanza o con complicidad. Las tres son nefastas, caldo de cultivo idóneo para el crecimiento de la corrupción en una sociedad tan desigual como la nuestra. Y digo que es desigual, porque las oportunidades para vivir bien no son las mismas para todos los mexicanos, de ahí la “proclividad” a andar tomando atajos para “mejorar” las condiciones de vida, y traer los conceptos volteados respecto a quienes son exitosos y quienes no. Los “tranzas” son los héroes, los corruptos los fregones, y los honestos los pende…

¿Usted cree que con el ejemplo se va a abatir a semejante gárgola, es decir, la corrupción? Yo no. En los países en los que existen más bajos índices de corrupción la educación ha tenido un papel preponderante, definitivo, para su población. Me preocupa que una de las promesas de campaña de López Obrador, con lo que sin duda, se ganó al magisterio, es la de echar abajo la reforma educativa. Reforma que por cierto, a quienes les correspondió implementarla, es decir al Poder Ejecutivo, encabezado por Peña Nieto, a través de la SE, la hicieron pedazos, de modo que si el Congreso que eligió la mayoría el 1 de julio, decide finiquitarla, será el mero acto jurídico protocolario el que tenga lugar. Nunca entró en vigor. Que vergüenza la actuación tanto del gobierno peñista como la del INEE.

No obstante, la realidad es también que los desafíos de la educación mexicana son vinculantes en función con la necesidad imperiosa que tiene nuestro país para asumirse verdaderamente como el espacio en el que su población viva acorde son su naturaleza, es decir como personas, como personas con dignidad.

Maya Angelou, la cantante y escritora norteamericana, activista por los derechos civiles, decía que “la dignidad significa que merezco el mejor tratamiento que pueda recibir”. Y la educación, subrayo, coadyuva a alcanzar este objetivo de oro. Dignificar lo público, para dignificar lo público tenemos que educar de otra manera, y ni siquiera tenemos que inventarla, ya está plasmada en el artículo tres de la Constitución de la República. La Declaración Universal de Derechos Humanos señala el concepto de la “dignidad intrínseca (...) de todos los miembros de la familia humana”, México es signatario de ella.

Dignificar implica un enorme compromiso ético, acorde con acciones vinculadas a la formación, la conciliación y al diálogo. Por eso es urgente que la escuela recupere su condición de entidad pública por antonomasia y su alta responsabilidad de artesana de formadora de formadores, y deje de ser el botín de los lideretes sindicales que le rinden pleitesía al gobierno, acorde con la infausta cultura priista, para maldición de nuestro país.

Abordar la educación como un aspecto sustantivo de la sociedad, demanda reconocer que “los maestros son seres que influyen de manera esencial en las configuraciones mentales, espirituales, éticas y estéticas de las generaciones que están a su cargo”. Se trata de la formación de quienes educan, porque ellos van a educar a su vez.

Los maestros, y lo sé y usted que tan gentilmente me lee, lo sabe también, dejan una impronta en la vida de sus alumnos. El escritor Henry James lo decía con claridad meridiana: “el maestro deja una huella para la eternidad; nunca puede decir cuándo se detiene su influencia”, ahí estriba el sentido de responsabilidad, el entendimiento de que con sus lecciones y sus acciones enseña, transforma, modificamos y facilita comprensiones del mundo, de los sujetos y de lo que acontece a su derredor.

La tarea toral del docente es construir puentes hacia el interior de sus pupilos, andamiajes que les permitan tener consciencia de sí mismos, y también hacia el exterior, para que puedan ser habitantes del mundo de la mejor manera posible, abrevando en la ética y la responsabilidad.

Nuestro país está viviendo días atroces, en los que la soledad interior está haciendo estragos en la población de todas las edades, pero en los niños y en los jóvenes me parte el alma. Hoy día nuestro país enfrenta un panorama desolador en el que la violencia se generaliza y se agudiza la injusticia social, por eso es tan importante que el magisterio siembre semillas de esperanza y de reconciliación en el espíritu de sus alumnos. Es un deber de amor con la profesión elegida que debe traducirse en el compromiso de formar y educar para la comprensión de la problemática nacional y la trasformación que se requiere.

Satanizaron la evaluación al magisterio, para ingresar, permanecer y ascender, la calificaron como un ataque a sus derechos laborales. Y aunque parezca disco rayado, esta servidora suya, jamás se atacaron ni se atacan esos derechos porque ya están adquiridos. Pero en fin. Lo que sí está a la vista es que casi todos los gobernantes de nuestro país a los tres niveles, producto de esta manera de enseñar, han destacado por su indolencia, su avaricia, su carencia de principios y valores éticos. Y si eso no es errar… ¿cómo se llama entonces? Son un fracaso del espíritu. Por supuesto que sus padres también han tenido responsabilidad en semejante desempeño.

La cuarta transformación necesita construirse desde ya, y si López Obrador tiene verdaderamente esa prioridad, tiene que repensar con sus asesores, y con el diálogo abierto y franco con todos, que es lo que va a hacer con la educación en México, y los legisladores también. La educación es un ser vivo, que requiere de reflexión permanente, que demanda una revisión ordenada y cotidiana de los contenidos y de los procesos de enseñanza aprendizaje, y sobre todo del diálogo continuo entre el maestro y sus alumnos y todos los demás actores de la comunidad educativa. Aspectos como la empatía, el trabajo en equipo, la creatividad, la resiliencia, son esenciales en la formación de las personas, se requiere que los lleven en su bagaje, se necesitan para convertirse en buenos ciudadanos y sobre todo para ser mejores personas.

La corrupción se combate con valores, con ética. Y también con participación ciudadana. Su ausencia es sobrecogedora. Los pueblos tienen los gobernantes que se les parecen… de modo que el desafío nos compete a todos.

 
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