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  Edición 595
  Ruega por nosotros
 
Marcos Durán
   
  Vivo en Saltillo, conocí a Sandra el amor de mi vida en Saltillo, mis hijos Sofía Amaranta, Rodrigo, Regina y mis nietos Carlos Enrique y Alejandro son de Saltillo, pero yo nací y viví en Monclova; soy monclovense. Y sí, al igual que muchos de los nacidos en esa hermosa y a veces insufrible ciudad, suelo convertir en drama las cosas más sencillas. Pero cuando yo era niño, esa condición de dramatismo que los adultos daban a todo, jamás causó que mi niñez perdiera su magia o su misterio.

Y es que Monclova siempre ha ejercido una especie de embrujo sobre mí. Una causa probable es la influencia de esa interminable convulsión económica, política y social que desde que recuerdo ha tenido mi ciudad, un sitio en donde las cosas más simples suelen complicarse, pero está bien, porque esa es Monclova.

Yo dejé mi ciudad en 1982 y desde entonces se acabó un siglo y un milenio pero yo sigo pasando por eso que llaman “memoria selectiva”, recordar solo lo bueno, porque eso me ayuda a lidiar con el pesar de haber visto familiares y queridos amigos irse de este mundo, de atestiguar que el futuro nos alcanzó, de luchar todos los días para que el dolor y las injusticias no me sean indiferentes aunque no siempre lo logro.

Presente en mi memoria está siempre la madre de mi madre, mi abuela Fidela, “Mamá”, como yo le decía, y a quien recuerdo un día y le lloro otro. Hay quien dice que los humanos tienen los ojos al frente, para no voltear la vista atrás. Pero hoy acepto que para mí, eso no funciona con Monclova, pues jamás pierdo la oportunidad de construir recuerdos nostálgicos de esa gran época en que éramos apenas unos niños, del tiempo en que junto a mis primeros amigos, los amigos de mi infancia, cursábamos la primaria en el Colegio La Salle de Monclova en la generación 1976-1982.

Y fue ese mismo grupo de amigos que luego de 36 años graduados, hace unos días nos reunimos ¿En dónde más?, por supuesto que en Monclova, en lo que se convirtió en una celebración casi épica, el reencuentro de grandes amigos.

Para mí fue una enorme emoción abrazar a Gustavo Rodríguez, Andrés García, Mario Garza, Carlos Garza, Arturo Mauro Villarreal, José Luis Dávila, Fernando Cortinas, Juan Ernesto Villarreal, Alfonso Almanza, Fernando Mortera, Alfonso González, Jorge López, Abelardo Castilla, Mario Iruegas, Carlos Guajardo, Enrique Correa, Chema Siller, Manolo Cendón, Jaime Zapata, Roberto Lozano, Marco Villa, Antonio Arizpe, Horacio Bravo, Ramiro Morales, Omar Heredia, Toño Garza, Toño Boardman, Jaime Gómez, Marcos Felán, Lalo Ríos, César Villarreal, César Castro, Mario Arturo Villarreal, Beto Villarreal, Andrés Osuna, Rodolfo Tinoco, Jorge Gil, Carlos Silva, José Luis Rodríguez Chapa, Jorge Gil, Roberto Alemán, Juan Rodríguez Mona, Luis C. Vela, Luis F. Rodríguez Mona, José Luis González Perches, Mario Villarreal, Rodolfo Tinoco, Favio Sánchez, Francisco Rivelino y José Edgardo Suárez. Casi todos se hicieron presentes y a quienes la vida no les permitió estar, les aseguro que durante esa noche, todo el lugar se llenó con sus recuerdos.

El escritor egipcio Naguib Mahfuz, Premio Nobel de Literatura, aseguraba que la nostalgia y el pasado son el opio de los sentimentales. Sé que tenía razón pues hubo momentos de esa noche en que muchos nos emocionamos hasta las lágrimas al saber que estamos vivos, que estamos bien, de recordar como si fuera hoy, lo que sucedió hace 40 años.

Mis escasos lectores saben que este es un espacio editorial agnóstico, una columna en donde he criticado con ferocidad los abusos de la Iglesia, en especial la católica. Pero hay excepciones y por ello recuerdo con afecto al hermano Felipe Pérez Gavilán, hombre que jamás ha fallado al ejemplo del Carpintero de Nazaret. Recuerdo bien que él nos enseñó que al mencionar el nombre de Juan Bautista de la Salle, el fundador del lasallismo, nosotros respondíamos con un “ruega por nosotros”. Y sí, hoy yo ruego por nosotros, por que todos lleguemos vivos y bien al año 2022, cuando celebraremos apenas cuatro décadas de habernos graduado del Colegio La Salle de Monclova, institución que marcó nuestras vidas y que me dio la oportunidad única de nacer y crecer en ellos y con ellos, mis primeros amigos.

 
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