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  Edición 594
  Creatividad vs recursos… así de fácil, así de difícil
 
Edgar London
Sitio Web: www.edgarlondon.com
Email: correo@edgarlondon.com
   
  New York y Tokio, por citar dos de los casos más emblemáticos, son ciudades que sufren de una fuerte contaminación visual. Basta acceder a imágenes de estas populosas urbes para comprobar que los anuncios publicitarios pululan por doquier, se superponen, atacan la vista, nos ahogan con sus luces y colores, encienden los ánimos de algunos, sirven de excusa para crear nuevos movimientos ecologistas, pero… ¿saben qué? No van a desaparecer. Al menos no de la manera en que muchos soñadores lo conciben en un futuro mediato.

Si algo he aprendido durante años, en este oficio de periodista, es atender los dos lados de cada fenómeno que se me presenta. Estudiar por igual a la víctima y al victimario. Y, en la medida límite de lo factible —porque ya sabemos que se trata de un propósito humanamente imposible— mantenerme en una posición neutral y objetiva.

Entonces, partamos de la siguiente premisa. En un mundo globalizado, donde la tecnología permite cada día con mayor facilidad a cualquier ser humano tener contacto con el prójimo, así como con empresas, entidades gubernamentales, organismos de todo tipo, se requiere de estrategias efectivas para que un mensaje individual se superponga y destaque por encima del maremágnum conformado por otros similares.

Paradójicamente, hoy, cuando más herramientas tenemos a nuestro alcance para interactuar con otros, cada vez se hace más difícil hacernos notar. Es una realidad contra la que luchamos, desde que nos despertamos, y que ha llevado a más de un fanático de Facebook a ser víctima del estrés que conlleva ganarse un like extra. Pero no se trata solamente de megalómanos y narcisistas que buscan en el universo virtual el espacio que no encuentran en el mundo real.

No. Para muchos es imprescindible promover sus productos comerciales, programas sociales, proyectos políticos u obras de arte porque con ellos, no sólo llevan comida a sus mesas sino también, en no pocas ocasiones, armonía a otras familias e incluso, ¿por qué no?, cuando las intenciones son verdaderamente buenas, ayudan a mejorar nuestra existencia y aportan experiencias que pueden ser usadas a favor de un futuro más afable y prometedor.

Sólo que, para llegar al mañana, hay que sobrevivir al hoy. Y en pos de este objetivo elemental, resulta imprescindible que nuestro producto sobresalga por encima del resto. Para ello hay sólo dos formas posibles. Cualquier otra no es más que un derivado o combinación de estas dos estrategias básicas. Primero, y por amplio margen la más socorrida, bombardear con mensajes a nuestros receptores meta. Convencerlos a fuerza de saturación. Que cuando lleguen al mercado, lo primero que inunde sus mentes sea el producto que estamos promocionando. En analogía rosa, algo así como terminar enamorándonos de esa mujer que vemos en todos lados. Segunda, menos utilizada por ser mucho más laboriosa. Ser inmensamente creativos. Que nuestro mensaje, aun sin gozar de la facultad de la repetición, prevalezca en la conciencia de los demás. No importa si por gracioso, peculiar, profundo o provocador. Pero que persista. Otra vez, en analogía rosa, enamorarnos de esa mujer en la cual no dejamos de pensar, aunque se mueva entre muchas otras.

Si trasladamos estos conceptos al ámbito cultural local, se me antoja la confrontación de enfoques entre la promoción oficial y la independiente. La primera siempre cuenta con mayores recursos que la segunda. Espectaculares, posters, spots televisivos, cumplen su función abarcadora. Mientras que los promotores independientes tienen que sumar ingenio para lograr mover sus productos.

Por tal motivo estoy en desacuerdo con los artistas que se quejan de que su obra no llega al público por escasez de promoción… yo lo llamaría falta de esfuerzo. En cambio, aplaudo la labor de jóvenes como Edmundo Zárate, quien hace maravillas en aras de impulsar el trabajo de otros creadores y, para lograrlo, se emplea a fondo en “Sumando voluntades”, programa radiofónico en radio universidad por 104.1, redes sociales o hace sus propios volantes con Corel Draw. Otro tanto puede decirse de Sergio Arévalo, cuya capacidad de desplazamiento lo hace parecer omnisciente, da la impresión de estar en todos lados al mismo tiempo, ¿o realmente lo hace? Lo inobjetable es que, armado con su WhatsApp o un micrófono radial, promueve talentos de aquí y de allá. Eso sí, aclara, “de manera personalizada”, nada de mensajes masivos. A cada quien según su necesidad y estilo. Ni qué decir de Jorge González Vargas, que aprovechó Internet para hacerse de una estación radiofónica y, apoyado por un foro que personalmente conduce, no quita el dedo del renglón al momento de estimular a los creadores, divulgando sus trabajos.

Y sí, nadie lo niega. Todos ellos, en algún momento, pueden sentir el espaldarazo oficial de un modo u otro. Pero su ejemplo es de tesón, de ganas de hacer. Y quizás por ello ni se percatan de que su trabajo es, por mucho, la convergencia de otra perfecta obra de arte.

 
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