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  Edición 592
  México, AMLO y la forma de las cosas que vendrán
 
Edgar London
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  El 1 de julio quedó evidenciado que la democracia sí funciona cuando la sociedad se une en post de un objetivo común. El establishment mexicano fue derrocado con la victoria de Andrés Manuel López Obrador. El pueblo no quería saber nada más del PRI ni del PAN. El primero representa un poder casi oligárquico sobre el cual pende la mayoría de las desgracias —si bien, también, algunos aciertos— que los mexicanos aborrecen. El segundo, tras su mal desempeño en Los Pinos, mutó su status de esperanza a decepción. La derivación PRIAN lo dice todo. Los mexicanos exigían un cambio radical y, seamos sinceros, de no haber sido AMLO podría haber sido El Chapulín Colorado, sin duda mucho más confiable que El Bronco. Mientras el candidato se alejara de los viciados círculos de poder y de cualquier vínculo que lo recordara, tendría amplias posibilidades de vencer. En definitiva, AMLO no gana por sus virtudes, sino por la suma de los defectos de sus contrincantes.

Ahora, una vez aplicado en las urnas el voto de castigo, emergen en México temores variopintos —algunos infundados, otros bien justificados— que asedian la imagen del próximo inquilino de Los Pinos. Su populismo exacerbado y su carácter mesiánico multiplica resquemores y el más común de estos proyecta un país socialista —“sociolista” dirían en Cuba— donde el Ejecutivo termine cobijado por sus acólitos y, en pocas palabras, haga lo que le venga en ganas.

De ahí el temor de los grandes empresarios que ven en jaque sus intereses. En la historia, siempre la clase dominante, de mano con la alta burguesía, han sido los malos de la película. En cambio, los pobres, millones y millones en México, globalizan la casta malograda, explotada, que usualmente sirve de excusa para sazonar discursos políticos y que AMLO insiste en poner a la vanguardia de sus promesas y oratoria.

Así lo hizo en su momento, Fidel Castro, así también Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa o Daniel Ortega, por citar los más conocidos caudillos de la región. Sin embargo, dicen los estadounidenses, se hace campaña en verso, pero se gobierna en prosa. Y aun antes de asumir formalmente su cargo, AMLO ya dejó en claro que no iba a complacer cada demanda ciudadana. Por eso acaba de rechazar una reforma al artículo 102 de la Constitución referente a la creación de una Fiscalía independiente, a pesar de que los movimientos #FiscalíaQueSirva y #Reforma102, integrados por más de 300 organizaciones de la sociedad civil, han exigido en reiteradas ocasiones que el Congreso apruebe que la creación de este organismo sea ajena a cualquier partido político y el mismo funcione de manera completamente autónomo.

Eso quiere el pueblo, pero no es lo que quiere AMLO. La situación es delicada pues apenas comienza a dar sus primeros pasos en el poder —insisto, sin ser presidente siquiera— y no resulta nada conveniente tener una persona a cargo de la dirección de la nación, enemistada con los empresarios a la par que con intelectuales, obreros y campesinos. Cuando se sienta solo, se enquistarán sus imposiciones, se arropará con el manto de los dioses y, en pocas palabras, mandará al diablo a todo aquel que no baile al compás de su particular melodía.

Seis años no son suficientes para llevar a México a la quiebra. Por lo tanto, habrá que observar muy de cerca cualquier intentona de eternización en Los Pinos. AMLO aseguró que ejecutará una suerte de referéndum, cada dos años, y si el pueblo no está de acuerdo con su gobierno, abandonará el puesto. No me preocupan ni los dos, ni los cuatro primeros años. Pero a sabiendas de cuan manipulables son esas encuestas populares, no sólo en México, sino en toda Latinoamérica, ¿qué sucederá si, de pronto, a los seis años de gobierno, en un último referéndum, el pueblo “decide” que AMLO siga en el poder?

Espero que la historia nacional salga en defensa de los mexicanos. Que no se olvide que la Revolución tuvo, ante todo, un carácter antirreelecionista, que todas las dictaduras han sido comandadas por personajes que no quieren alejarse del mando, a como dé lugar. Espero, asimismo, que en el peor de los escenarios, la comunidad internacional le recuerde a AMLO que, en el siglo XXI, ningún país puede sobrevivir a solas en el mundo, sin que su pueblo pague altas y trágicas consecuencias.

En lo personal, considero que el paso de AMLO por Los Pinos recorrerá un camino similar al de sus antecesores y descenderá desde la cima de las más altas expectativas nacionales a la más dura y diaria realidad. Quien crea en los cambios mágicos, se desengañará. En menos tiempos de lo que se imaginan, los titulares de los periódicos se llenarán con nuevos escándalos de corrupción. Los periodistas seguirán cayendo, como moscas, pero la grandeza de este país —y no hablo de dimensiones geográficas— no permitirá que México se convierta en una segunda Venezuela aunque López Obrador intente, algún día, hacerse pasar por un nuevo Hugo Chávez.

 
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