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  Edición 591
  La caída
 
Abraham Álvarez Ramírez
   
  En un bar llamado “México City”, en Amsterdam, Holanda, Jean Baptiste se reúne con un amigo (del cuál no se menciona ninguna otra seña) en periódicas ocasiones donde lo transporta con una serie de relatos a situaciones que él había vivido. Las decisiones existenciales, banales e irascibles lo marcan desde un estilo de vida dirigido por la coherencia de sus principios, formador de personas y trascendente abogado de prestigio hasta terminar como un abogado penitente, lejos de su entorno y asumiendo las consecuencias de su vida.

La caída es una novela del filósofo Albert Camus, publicada en el año 1956. La novela revela excepcionalmente la línea existencialista de su filosofía; pero lo interesante es el camino que toma su obra y que nos transporta al absurdo de la sensación de aprobación y desencanto en contraposición a las cualidades positivas de la dignidad y fraternidad del ser humano. El absurdo de trascender en un concepto materialista y excesivamente individualista, envuelven al sujeto donde cada vez le es más imposible e irracional buscar sentido a la vida cuando se ha perdido la brújula que una vez lo dirigió.

Con una participación ciudadana histórica, el domingo 1 de julio triunfó en las elecciones para presidente de la república, la coalición encabezada por Andrés Manuel López Obrador. Este triunfo rediseña el mapa político y sugiere una nueva etapa de la vida democrática de nuestro país. Por la mañana de ese día, la elección era clara, a las 11 de la mañana, el primer corte de las encuestas de salida le daba 20 puntos de ventaja (algo que parecía indicar una ventaja irreversible).

Verdaderamente, renovarse o morir. Como militante del PRI desde los 17 años, sé que el partido fue clave desde inicios del siglo pasado para un reparto de poder no violento, también sé, que en otro momento histórico aglutinó la lucha de clases y los sectores productivos. Por otro lado, el PRI ha sido un creador de instituciones desde el Banco de México hasta brazos fuertes para proteger parte de la seguridad social de los mexicanos (IMSS, ISSTE…). En los mejores momentos, se produjo de manera estatista un bienestar social. Pero como en la novela de Camus, cuando la propia existencia pierde sentido y se enfrascan intereses y modelos superfluos por el deber ser de un organismo político sucede el suicidio —de lo que tanto habló—.

El PRI, como partido y como sistema de engranajes, dejó de funcionar cuando sus principios se subordinaron al programa económico neoliberal. Esto comenzó a alejar a dirigentes fuertes del PRI. Las señales ya se anunciaban desde las pérdidas de gubernaturas en 2015. Para tristeza de muchos (me incluyo), el PRI dejó la bandera de lucha de clases que lo hacía triunfar porque lo hacía de una manera organizada y con visión de futuro, progreso y no clientelar como se le ha criticado (las tribus de izquierda queriendo robar esa idea siempre fueron desorganizadas y peleadas entre sí).

En agosto de 2016 escribí para este medio un artículo publicado “Tecnócrata de lealtad extrema” sobre la llegada de Enrique Ochoa Reza a la dirigencia nacional del PRI. Creo que como nunca antes en la historia del partido, se desplazó a la clase política del PRI y eso generó una gran inconformidad dentro de las bases y las cúpulas. Un personaje sin oficio político provocó hacia el interior fracturas, desánimo y, en resumen, nos convertimos en un partido secuestrado por la tecnocracia y los amigos del presidente que poco le abonaron a su mandato. Aunado a ello, el hartazgo ciudadano generó una reacción y un interés por querer participar más activamente en la democracia.

Creo que vamos por buen camino hacia la madurez democrática. Distingo la responsabilidad y lucidez de José Antonio Meade, al reconocer la derrota e invitar a la concordia y estar dispuesto a tender puentes y trabajar todos por un México mejor. Creo también que esto forma parte de un ciclo de partidos (como en una auténtica democracia).

El próximo presidente se enfrentará a problemas del producto interno bruto, pobreza, corrupción, violencia, crimen organizado y gasto público que no se resolverán solamente con el ejemplo y el voluntarismo presidencial. El desafío del próximo presidente radicará en construir un nuevo sistema político, plural y abierto y para el PRI es rotundamente necesario repensar, renovarse y volver a los principios que lo hicieron grande y que son de admirarse porque recaen en el bien común y en el respeto irrestricto a los individuos y a la nación.

 
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