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  Edición 591
  Trigo de prueba en el molino de la historia
 
Juan Antonio García Villa
   
  Hace cuatro y más décadas era cuesta arriba, muy difícil, verdaderamente arduo y comprometido, ser militante de la oposición en México, en particular de la oposición democrática. La opción de la vía electoral era severamente cuestionada por la izquierda. La descalificaba por ser burguesa y una mera farsa. Hasta que esa misma izquierda, casi de repente y sin explicarnos nunca por qué, como reiteradamente lo estuvo exigiendo Enrique Krauze durante un tiempo, creyó en el voto y optó por la vía electoral. Sí, la vía que nunca le mereció confianza.

Siempre es más arriesgado dar la cara que ocultarla, participar políticamente en forma pública que en el clandestinaje. Ahora parece haber un convencimiento general de que la mejor vía en política es la democrática, electoral, abierta y pública.

Qué bueno, porque como ya he dicho, no siempre fue así. Descalificaban esa vía quienes ahora se benefician de los prerrequisitos que con harto esfuerzo construyeron, para implantar la democracia en nuestro país, con decisión y coraje, ante incomprensiones y hasta burlas, algunos mexicanos que tuvieron confianza en ella.

Bien lo dijo Efraín González Luna, insigne pensador y mexicano ilustre, en acertada frase que en su momento muchos no comprendimos y cuyo significado ahora nos queda claro, cuando menos a mí: “somos trigo de prueba en el molino de la historia. Para otros, la harina y el pan”. Ojalá que esos “otros” no sean los integrantes de una camarilla audaz y habilidosa, sino todos los mexicanos. De ser así, bien valió la pena la lucha de décadas, esforzada, incomprendida, heroica.

Hace tres y más décadas las campañas electorales de la oposición verdadera, no las que desarrollaban los partidos paleros, que siempre los hubo, como los hoy ya inexistentes PPS y PARM, para simular juego democrático, aplicaban aquellos más trabajo y recursos siempre escasísimos en esos tiempos, en prepararse para enfrentar las maniobras fraudulentas del gobierno y su partido que en las tareas de promoción de sus candidatos y la difusión de sus propuestas programáticas, pues les resultaba imposible atender ambos frentes al mismo tiempo.

Una complicación mayúscula de los auténticos partidos, en realidad uno solo, Acción Nacional, fue siempre registrar ante la autoridad electoral a los representantes que junto a las casillas vigilarían el correcto desarrollo de la elección e impedirían el robo de urnas y demás formas cavernarias de alteración de la voluntad popular.

Era forzoso tener representantes de casillas decididos, responsables y cumplidos. En ocasiones bastó con que en media docena de casillas, de dos o tres centenares que se instalaban, no asistieran los representantes de oposición, para perder una elección. Explicable porque la mesa directiva de cada casilla, por regla general, era el comité seccional priista en pleno. Así, se competía, y bien que se sabía, al mismo tiempo contra un partido que era a su vez la autoridad electoral.

Aunque es posible que esa situación de antaño prevalezca aún en ciertas regiones del país, donde los caciques priistas siguen imponiendo su voluntad, hay que reconocer sin embargo que las cosas han cambiado notoriamente, para bien. Hoy bien puede algún candidato o partido ganar una elección sin acreditar siquiera un solo representante de casilla. Gracias a los que durante décadas construyeran los prerrequisitos democráticos. A quienes fueron “trigo de prueba en el molino de la historia”.

 
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