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  Edición 590
  Aquí está mi #platovacío
 
Edgar London
Sitio Web: www.edgarlondon.com
Email: correo@edgarlondon.com
   
  Escribir sobre las modificaciones del comportamiento humano, inducidos por la aparición de las redes sociales, amerita un libro de varios tomos. De manera cada vez menos sutil, las interacciones humanas prueban suerte con nuevos métodos y las personalidades se desvirtúan de manera significativa con sólo registrarnos en el ciberespacio. De pronto, el tímido se torna temerario, la santa se cree la más puta y, frecuentemente, el listo se comporta como un perfecto idiota.

En el espacio de una columna, no puedo abundar en demasía sobre el tema, pero sí puedo restringirlo a la necesidad patológica que mueve al cibernauta a sentirse reconocido por los demás. Incluso, a un caso muy específico de esta tendencia, no sé si narcisista o exhibicionista, pero en cualquier caso —al menos, para mí— inexplicable.

Comenzaré con un par de ejemplos, bastante comunes. Hay quien gusta de exhibir su físico, especialmente aquellos que invierten largas jornadas en el gimnasio y puedo entender, con buenos ojos y mejores intenciones, que no se trata de presumir sus músculos sino el resultado de un esfuerzo que —y esto es fundamental destacarlo— no resulta una necesidad para todos. Están también esos padres a los que les encanta mostrar a sus hijos como si se trataran de trofeos vivientes y, otra vez, no por un par de fotos de algún mocoso, a alguien le nace salir a la calle para hacerse de uno. Sin embargo, una de las prácticas más usuales en este extraño y particularmente creciente universo de relaciones virtuales, consiste en fotografiar y compartir la imagen de los alimentos antes de ser ingeridos, algo que sencillamente no entiendo y, lo que es mucho peor, me hace sentir incómodo porque ni siquiera sé cómo reaccionar racionalmente.

A priori, me queda claro todo el rollo de la libertad de expresión —versión democrática del libre albedrío— y, por lo tanto, cada quien está en su particular derecho de publicar en su cuenta lo que le venga en ganas, pero ¿por qué compartes conmigo ese pedazo de carne que vas a engullir? Rectifico, ¿por qué compartes conmigo la imagen de ese pedazo de carne que vas a engullir? ¿Qué se supone que debo hacer? Acaso, dedicarle un

like. ¿Al pedazo de carne o a quien me presume que lo va a comer?

Imaginemos el siguiente escenario. Son las dos de la tarde, estoy en el trabajo, y de pronto un amigo mío, de vacaciones en algún lugar exótico, publica la foto de la langosta que está a punto de engullir. ¿Cómo debo reaccionar? Repito, estoy en el trabajo y son las dos de la tarde. Con un pedazo de pan ya sería suficientemente feliz y, sin embargo, a éste, cada vez menos amigo mío, se le ocurre “subir” la suculenta imagen.

Parto del hecho de que es mi amigo. O sea, no puedo pensar que lo hace para recordarme dónde está él y dónde yo. Tampoco quiero imaginar que me restriega en la cara la posibilidad de comer que él tiene y a mí me es negada. Si su propósito es hacerme sentir copartícipe del festín, entonces le diría “invítame a la fiesta, no me muestres una imagen”. Y advierto, si se fotografiara en un yate, no habría problemas. A las dos de la tarde lo que tengo es hambre, no deseos de navegar. Es una necesidad biológica. Así de simple y, realmente, no se me ocurren buenas razones que puedan opacar estas otras.

Quizás la culpa sea de mi madre que jamás me permitió jugar con la comida. Es una frase que la mayoría de los integrantes de mi generación o generaciones anteriores conocemos bien. Me pregunto qué le dirá una madre millennial a su hijo. “Eh, no juegues con la comida, ¡publícala!”.

La única satisfacción que pudiera obtener de la representación de un plato repleto de comida es si lo muestra alguien que, de tan enfermo, hasta perdió el apetito y, en todo caso, mejor sería que mostrara las sobras para saber que sí lo engulló.

Si fuera millennial crearía el hashtag #platovacío para luchar contra los glotones virtuales. Si la gula, de por sí, simboliza uno de los pecados capitales, ¿cómo calificarlo cuando se mezcla con el exhibicionismo?

Pero no pienso hacer eso. Mi #platovacío no trascenderá este texto. Quizás todo este cúmulo de reflexiones se deba a una reacción natural por recibir una imagen suculenta cuando me doblaba del hambre. De todas maneras, por si acaso, le pediré a mi amigo que, la próxima vez, en lugar de un plato de comida a punto de ser devorado, me envíe la foto de su mujer desnuda, antes de ser engullida.

 
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