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  Edición 590
  Cleptocracia: una nueva forma de gobernar
 
Abraham Álvarez Ramírez
   
  “Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían =con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, =los esclavos amarían su servidumbre”.

Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz

Jenaro Villamil recién acaba de publicar su libro Cleptocracia: el nuevo modelo de la corrupción, donde expone que, a diferencia de la mafia del poder, el término cleptocracia define una dinámica distinta: es la institucionalidad del robo. La mafia del poder es descriptiva. La mafia del poder captura al estado, la cleptocracia se vuelve el estado. Para Villamil, la cleptocracia, a diferencia de la mafia, transforma lo que son bienes públicos en bienes privados. La corrupción en la cleptocracia no es la excepción, sino la regla, y no es práctica ajena a la institucionalidad sino el hecho que explica su funcionamiento.

Me encuentro a punto de terminar el libro y puedo deducir que el síntoma es generalizado en la sociedad: la incertidumbre política y el descontento se elevó a medidas disfuncionales al grado que la sociedad misma (casi de manera extensiva) puede apreciar cómo la corrupción en nuestro país ha llegado a todas las instituciones de la sociedad, ha destruido los cimientos del aparato del estado e incluso, de su superestructura.

Considero que el crecimiento de la corrupción en México comenzó en gran medida con la llegada del neoliberalismo en México. Paradójicamente, su principal argumento era que el estado grande y el nacionalismo habían creado un gigante de corrupción. Hoy, la lucha por el poder se ha vuelto cruenta: muertes de candidatos, atentados a representantes, la delincuencia organizada en las entrañas del poder del estado… principalmente, el libro de Villamil sale a colación del proceso electoral que se vive hoy en día y que ha polarizado a la sociedad.

Considera en su obra que la sucesión presidencial de 2018 no es el arranque de un cambio, sino el desenlace de una historia que este país y su sistema político han vivido en las últimas cuatro décadas. ¿Qué nos depara? ¿Habrá un cambio de poder desde que se enquistó la tecnocracia en los 80? ¿Seremos capaces de derribar ese muro, casi infranqueable, que separa a la sociedad mexicana de una clase política desgastada, desprestigiada, inmersa en escándalos y decadencia? Son interrogantes que no tienen respuestas completas.

La realidad es que las diferencias ideológicas y pragmáticas no son claras entre los candidatos que aspiran y suspiran por la presidencia de la república. La diferencia entre las opciones radica en su capacidad de liderazgo y en su capacidad —junto con sus coaliciones— de reconstruir un sistema político decadente y desgastado por una prolongada corrupción convertida en cleptocracia —como lo afirma Villamil— generalizada; sin distinción de partidos, regiones, niveles de gobierno y poderes, añadiéndoles el ingrediente del clima de violencia social provocado por una guerra contra la delincuencia organizada orquestada desde el sexenio del expresidente Calderón y que nadie ha ganado.

La degeneración del modelo neoliberal nos ha llevado a un clima de desigualdad social, pobreza extrema, pocos ricos y muchos pobres, violencia, atentados a los derechos humanos y un profundo autoritarismo auspiciado por la gente del dinero. Los modelos neoliberales en un país son buenos para la administración de ciertas instituciones, pero con cierto recelo, y deben ser administrados por políticos, hombres y mujeres de estado que velen por un bien público, por un bien común temporal. Creo en que las decisiones medulares de un país deben ser concentradas en el estado, Creo en una administración no centralista, pero sí aquella donde el estado vigile todo el accionar de un país y no dejarle todo al libre mercado. Creo en la libertad, en la economía diversificada, en la oposición política, en los contrapesos; en un potaje de control estatal y de libre decisión y libre mercado.

Lo que sí es cierto, es que en esta elección ya próxima, se decidirá si todavía sigue viviendo en agonía esta clase política o refundamos nuestro sistema político.

 
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