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  Edición 590
  A nosotros no puede pasarnos…
 
Esther Quintana Salinas
   
  Hugo Chávez arribó al Palacio de Miraflores, el 2 de febrero de 1999, y rindió juramento ante la Constitución que tiempo —11 meses más tarde— después erradicaría a través de sus incondicionales en una Asamblea Nacional Constituyente. La Constitución venezolana de 1991, que él mandó a volar, preveía un mandato de cinco años. Duró 14 años, la muerte le impidió llegar a más, pero ahí sigue, a través de su heredero de marras, Nicolás Maduro.

Me voy a permitir compartirle fragmentos del discurso pronunciado en su toma de posesión ante sus compatriotas del Arauca que compraron sus promesas, llenos de esperanza. Era un “seductor”, como todo mesías bananero, sabía embaucar con las palabras, dichas a las personas precisas en el momento preciso.

Helo aquí: “Yo, que campesino también soy y así fui y así me crie y me formé, estaré al frente de esos proyectos, hasta donde el tiempo y la fuerza me lo permitan, pero ustedes, más que decirlo, Dios mediante, ustedes lo van a ver. Yo seré un soldado, el primero de la batalla, trataré de estar en todas partes, hablando con el campesino, con el obrero, con el gobernador, con el alcalde, con el empresario, con el político, con el soldado, con el comandante, con el general, con todos, para darnos la mano y que esos proyectos, cuando tenga que entregar el gobierno dentro de cinco o diez años, no sé cuántos, o uno o dos, puede ser uno, puede ser dos, yo no sé, nadie sabe cuántos, uno o diez, yo no quiero venir aquí a leer o a decirles: «hice hasta dónde pude pero el país está hundido». No, yo incluso prefiero, de verdad se los digo, entregar el gobierno que es lo que menos importa, créanmelo, a los dos años, al primer año, si ese año, si esos seis meses o si esos dos años sirvieron para dejar atrás el pasado y hundirlo y que de verdad prenda un nuevo motor nacional.” Duró 14 años. Y Venezuela reducida a polvo.

“Igual pido a todas las fuerzas del país, los gobernadores, los alcaldes, las Asambleas Legislativas, los representantes de las diversas regiones ¡vamos por los pueblos!, que ese país recupere credibilidad en nosotros, yo les repito, seré el primer soldado a tiempo completo de esa batalla, batalla que estoy seguro vamos a ganar contra el atraso, contra la miseria, contra el hambre y dentro de esa misma visión estaremos impulsando más allá de Venezuela en el orden macro político la Constituyente, en el orden económico un proceso de desarrollo y dinamización de la producción nacional y un proyecto de estabilización macroeconómica, algunas de cuyas medidas ya el país conoce de financiamiento sólido de una disciplina fiscal a la par de eso un proyecto internacional.”

El “comandante” recibió Venezuela con una inflación del 30% y un salario mínimo que superaba por poco los 500 dólares mensuales. Juró acortar esa brecha y erradicar la pobreza extrema. Contó durante su Administración con los más altos ingresos que haya registrado el país por concepto de venta de petróleo, cerca de un billón de dólares según estimaciones, y con el respaldo popular de, al menos, dos tercios de la población. Se le advirtieron las consecuencias que tendría su política económica, pero el petróleo durante buen tiempo le permitió solventar las necesidades de su administración y de la población. Lo reeligieron tres veces.

Las temidas consecuencias llegaron, y él se enteró. La gente empezaba a quejarse de la falta de disponibilidad de algunos alimentos y por la reducción en el cupo de divisas que les permitían comprar bajo el férreo control de la llamada revolución bolivariana. Maduro ha aumentado el salario en una veintena de ocasiones, pero la mitad de los trabajadores venezolanos hoy devengan 37 dólares mensuales, insuficientes para enfrentar la escasez generalizada de productos y una inflación que cerró el año pasado en 2.616 % —que les crea su abuela lo del porcentaje inflacionario, nomás vea quien lo informa— según datos del Parlamento. Maduro no tiene ni el soporte financiero de su “padre putativo” ni goza de su popularidad, dos factores que han contribuido a desatar la debacle política, económica y social en la que está inmersa Venezuela y que ha redundado en una profunda crisis que afecta directamente a los habitantes de aquel país.

Venezuela pasó de constructora de hospitales en el extranjero durante el período de Chávez a estar imposibilitada de cumplir ni medianamente las necesidades de su propio servicio médico, y de preocuparse de los niños en situación de calle en 1998 a convertirse en el país con más pobres de América latina, nomás después de Haití, con la mitad de su población en la miseria. Quienes han podido huir lo han hecho. El régimen dictatorial se ha recrudecido. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 1.6 millones de venezolanos se han ido. Miles de empresas cerraron sus puertas, fue insostenible mantenerse bajo un régimen antidemocrático, esto ha mermado aún más las inversiones en Venezuela. Y el desempleo es abrumador. El 20 de mayo volvió a “ganar” Nicolás Maduro la presidencia de la República Bolivariana.

El último párrafo del discurso chavista: “Así que termino este mensaje de hoy ante el pueblo venezolano, ante ustedes termino por ahora, invocando lo mismo que invoqué al comienzo, porque cuando uno habla de unidad latinoamericana y caribeña de relaciones con el mundo de proyectos sociales, cuando uno habla de proyectos económicos humanistas, de proyectos políticos estables, sencillamente estamos nosotros aquí en esta Venezuela caribeña, amazónica, andina, universal, estamos retomando el sueño bolivariano; estamos retomando el auténtico bolivarianismo, y así lo decía Bolívar: «para formar un gobierno estable, es necesario que fundamos el espíritu nacional en un todo, el alma nacional en un todo, el espíritu y el cuerpo de las leyes en un todo». Unidad, unidad, esa tiene que ser nuestra divisa. Que Dios nos acompañe, no solamente al presidente Chávez sino que Dios acompañe a todo el pueblo de Venezuela en este momento estelar que estamos viviendo, en este momento de resurrección. Un abrazo para todos y muchas gracias por su atención. Un abrazo solidario, un abrazo bolivariano. Y vamos pues por los caminos, vacilar es perdernos. Señoras y señores.”

Le pregunté a un buen amigo que salió con lo puesto de su patria, porque quedarse significaba muerte… ¿qué es el socialismo? Esto me contestó: “Es una farsa, una mentira, sólo se encumbran el líder, su familia y sus amigos. Es, para empezar, colapso de todos los proyectos de vida que una persona pueda tener, porque lo primero que te arranca es tu libertad. En lo económico, es hacer polvo al emprendedor, es desabasto consuetudinario, es descapitalización a título individual, familiar y de todos los que no pertenezcan al círculo dorado del dictador. Es quedarte en la chilla. Es mega burocracia asfixiante, es devaluación escandalosa, es mercado negro controlado por compinches del dictador, es repartición de la miseria, es expropiación, destrucción sin límites, es acostumbrarte a limosnear por prestación de servicios de quinta categoría y por productos de malo a lo que sigue. Es nepotismo descarado. Si a ti te parece que en México hay corrupción, no tienen ni idea de la que se desata en un gobierno dizque socialista, es enfrentar la avaricia y la codicia de los cabrones que están arriba, en absoluto estado de indefensión. Es intolerancia y represión al mil hacia otras formas de pensamiento, es control mediante el terror y la amenaza. Es un sufrimiento atroz. Es delincuencia, es trampa, es violencia, es impunidad, es muerte. Es utilizar a los más pobres para su beneficio. Es la mezquindad a todo lo que da. Es la neo esclavitud, es cobrar por trabajar, el 10% del sueldo mínimo promedio mundial. No les va a alcanzar la vida para arrepentirse si optan por un caudillo, por un populista a ultranza para presidente. Los venezolanos decíamos que esto no podía pasar en nuestro país. La gente votó por Chávez, le compramos el discurso de la tierra prometida, y nos llevó al mismísimo infierno.”

El 1 de julio vamos a tener que elegir los mexicanos, entre más de lo mismo, la recomposición del PRI de hace 30 años, o damos un salto cuántico y de una vez por todas construimos un país diferente, echando abajo un sistema político podrido hasta el tuétano, que ya no sirve para el mundo del siglo XXI.

Usted decide.

 
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