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  Edición 590
  Generación antisistema
 
Editorial
   
  Pocos gobiernos han tenido un final tan desastrado como el del presidente Peña Nieto. La situación actual es peor que la de hace 24 años, cuando Ernesto Zedillo llevaba todavía las riendas del país. El tecnócrata comprendió su circunstancia, y al salvarla a ella se salvó a sí mismo. Además de superar la crisis económica heredada por Salinas de Gortari y de equilibrar las finanzas, promulgó leyes que hicieron posible la primera alternancia. Las reformas del político calaron negativamente entre los mexicanos y en la mayoría de los casos no cumplieron las expectativas de empleo, riqueza y bienestar prometidas. El triunfalismo terminó en derrota y la esperanza, de nuevo, en frustración.

Entre los últimos años de la administración de Zedillo y el presente nació una generación de mexicanos que no conoció al PRI de sus padres ni el de sus abuelos, sino el de Peña Nieto y una panda de gobernadores que empobrecieron a sus estados y se enriquecieron; ellos, sus familias y sus cómplices. Son justamente los nuevos votantes y los decepcionados por las alternancias de 2006 y 2012, quienes más apoyan a Andrés Manuel López Obrador, y a Ricardo Anaya en segundo lugar.

Los jóvenes, como los adultos, abominan de la partitocracia, de la corrupción y de la injusticia, de las cuales son víctimas junto con sus padres, hermanos y amigos. Se identifican con AMLO por ser el candidato antisistema y quien mejor les entiende, a pesar de ser populista o precisamente por ello, en la definición del término hecha por uno de los mejores presidentes de Estados Unidos: Barack Obama, quien, frente a Peña Nieto y el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se asumió como uno de ellos. La tecnocracia se ensimismó y canceló puentes con las clases populares. López Obrador promete regresarle a la política el sentido humano. Sin embargo, no es Obama.

El presidente y su partido carecen de argumentos para apelar al apoyo ciudadano. La violencia se recrudeció en los últimos años. La corrupción agravia y la impunidad insulta. Frente al descrédito y la presión internacional para investigar y castigar casos como el de Odebrecht, el gobierno opta por mirarse el ombligo. Fuera de los estados donde hubo alternancia (Chihuahua, Nayarit, Quintana Roo y Veracruz), los gobernadores acusados de venales y de haber pactado con la delincuencia organizada, reciben protección desde Los Pinos; otros forman parte del equipo del candidato del PRI a la presidencia, José Antonio Meade, y han sido premiados por adelantado con un escaño en el futuro Congreso. No es harakiri, pues éste se realiza por razones de honor, sino suicidio por soberbia.

De ganar AMLO las elecciones, deberá acotarse el poder del presidente y de los gobernadores. Ellos son los principales responsables de la corrupción, la violencia y el caos en el país. El candidato de Morena se ha comprometido a suprimir los cacicazgos regionales y a exigir respeto al sufragio popular, hoy más que nunca objeto de coacción y compraventa. Peña Nieto pide no votar con el estómago, pero es su partido el primero en lucrar con el hambre de millones de mexicanos, como también lo hacen las otras fuerzas políticas con recursos del erario. El sistema electoral igual debe reformarse para dejar de ser satélite del poder y de los partidos, y convertirse en garante de la democracia.

 
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