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  Edición 589
  ¿Quo vadis México?
 
Esther Quintana Salinas
   
  “La sociedad en apuros es la saga de cóleras afincadas en una periferia espiritual de golpes bajos, reacia al cultivo de los principios y de la ética.”

Carlos Villalba


Emmanuel Macron, el joven presidente de Francia, pronunció un discurso memorable ante el Congreso de los Estados Unidos el 25 de abril. Una pieza oratoria que conmovió por su fuerza al referirse al riesgo que enfrentan los grandes valores de occidente en nuestros tiempos frente a este nuevo multilateralismo. Él se refirió a su país y al de Trump, pero desde mi punto de vista, no es exclusivo.

Macron decía: “las inequidades creadas por la globalización; amenazas al planeta, nuestro bien común; ataques a las democracias, por el crecimiento del liberalismo; y la desestabilización de nuestra comunidad internacional por nuevos poderes y por estados criminales”. El presidente de Francia dio dos alternativas de reacción. Una, cerrarnos, renunciar a la cooperación y entregarnos al nacionalismo. La segunda: actuar juntos, como comunidad internacional, y hacer frente a esos nuevos desafíos y peligros.

Hay valores universales, como la tolerancia, el respeto, la libertad y derechos iguales para todos. Nosotros, los mexicanos hemos vivido dos movimientos de sangre, en el siglo XIX para liberarnos de España y ser nación, el segundo en el XX, para igualar condiciones de vida, reconociendo derechos que la dictadura porfirista, ni en el mundo, hacían. Los desafíos de hoy son de otra naturaleza: calentamiento global, los restos de la digitalización de la sociedad, la delincuencia organizada, la corrupción y la impunidad extendidas como un cáncer a lo largo y ancho de la república, el empecinamiento en mantener a los más pobres dependientes de la dádiva y la amenaza, en lugar de darles los medios para su desarrollo integral, la educación colapsada por la mezquindad de un sindicato ayuntado con el gobierno, etcétera.

Si a Macron, presidente de un país con democracia de primera, le preocupa defender principios sustantivos, a nosotros con más razón nos toca ocuparnos de ello. México no tiene instituciones republicanas sólidas, están enfermas de anemia, igual que nuestra democracia. Tenemos un montón de problemas sin solventar y hoy, con un proceso electoral en tránsito, se agudizan. Debiera ocuparnos como vamos a darles cauce. El próximo 1 de julio estaremos decidiendo el futuro de la libertad y de la democracia de México, nada más y nada menos.

Requerimos de una reforma de fondo que contemple la lucha frontal contra la infausta corrupción y su siamesa, la impunidad, es escandaloso a donde hemos llegado, estamos absolutamente rebasados por ellas, y esto se vincula con la seguridad y la protección de la ciudadanía, deber primerísimo del estado, a lo que debe sumarse un proyecto o varios proyectos de economía sostenible para todos, pero sobre todo para los más pobres de este país. Jamás seremos una nación próspera con tanta inequidad de por medio. Es un imperativo insoslayable resolver las desigualdades sociales, se están comiendo el presente y, sobre todo, el futuro de millones de niños y jóvenes y de cuantos van a seguir llegando.

Vivimos en medio de un caos, somos una sociedad en la que hay muchas leyes pero… pero no se observan. El desorden está presente en la delincuencia, en la impunidad, en los trinquetes y los tratos en lo obscuro, en el aplauso al “vivo” y la burla al honesto, en las familias disfuncionales, en las adicciones a las drogas que cada día cobran adeptos más jóvenes, en el abuso del poder, en la miseria de muchos, en todo ese historial de decadencia interior que está destruyendo a nuestro país. Lo que está fuera de discusión es que esto no debe seguir así y que tenemos que buscar la solución.

Nunca como ahora el ejercicio del poder público había estado tan desprestigiado, lo dice la gente en todos los tonos, aflora en los sondeos y las encuestas. ¿Qué vamos a hacer? ¿Hacia dónde vamos a llevar a México? ¿Qué queremos hacer con nuestro país? ¿Educación de excelencia para generar una cultura ciudadana que nos enseñe a participar, a ser protagonistas de nuestra historia?

¿Por qué proyecto de país vamos a votar el próximo 1 de julio? Adolfo Suárez, presidente de España —precisamente fue a quien le tocó la transición— en el discurso que dirigió a sus compatriotas pidiendo el voto para su partido expresó: “No vengo con fáciles palabras a la conquista de votos fáciles. Sé muy bien (…) que quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciendo pagar al país un precio muy caro”. Y a renglón seguido, destacaba que los grandes problemas que enfrentaba la España de entonces “no se resuelven con palabras ni prometiendo a los ciudadanos que al día siguiente (…) van a despertarse en el país de las delicias”. Su propuesta fue enfrentar los desafíos “a través de la moderación, el diálogo y el pacto, porque nadie puede pretender que su verdad sea absoluta”.

También advertía que no iba ser fácil esa transición: “No puedo asegurarles soluciones inmediatas y milagrosas, ni que de la noche a la mañana se satisfagan todas las reivindicaciones, incluso las de estricta justicia”, ni que “se arreglen rápidamente problemas que se vienen arrastrando desde hace muchos años”; porque “somos un país con recursos limitados, con deficientes estructuras, con desigualdades irritantes y con una legislación que no se acomoda a la realidad”.

Propuso medidas racionales y objetivas para la solución progresiva de sus problemas: “trabajar con honestidad, con limpieza, y, de tal forma, que todos ustedes puedan controlar las acciones de gobierno”; y, finalmente, “que el logro de una España para todos no se pondrá en peligro por las ambiciones de algunos y los privilegios de unos cuantos”.

Ojalá que cada uno de quienes vamos a sufragar el próximo 1 de julio, quisiéramos hacer un ejercicio de conciencia y con serenidad y sin hígado de por medio, tomemos una decisión racional. Porque lo que decidamos va a tener consecuencias, para bien o para mal. Estamos en un momento crucial para México, tenemos que definir el México que queremos y no hay más que tres opciones: nos quedamos con lo de siempre, retrocedemos 40 años o más, o nos atrevemos a cambiar de modelo.

Hay un sentimiento primario, “reptiliano”, diría un joven amigo, que va nutriendo una emoción que crece y se multiplica en momentos de crisis y que a lo que se ve va tornándose crónica. Es el ánimo de revancha social de quienes se sienten desplazados, arrumbados, castigados en su calidad de vida y que han visto como ésta se ha ido deteriorando. Y de pronto aparece un populista que los seduce, y no importa que sea de derecha o de izquierda. Ahí está Trump, con ese voto ganó la presidencia de Estados Unidos. Nosotros tenemos ejemplo doméstico: Andrés Manuel López Obrador, lo suyo son una serie de propuestas fincadas en la obsesión de su delirio por alcanzar el poder como sea y a costa de lo que sea. El de Macuspana se ha ungido a sí mismo como el Mesías prometido, el redentor esperado que viene a salvar al país, pero no dice cómo lo hará y lo que dice no da más que para los vítores de sus seguidores a ultranza, aclamándolo y defendiéndolo como si se tratara del Santo Grial. No dice cómo conducirá a México al Nirvana, no dice cómo se financiará el trayecto hacia allá, porque será largo y accidentado, como suelen ser todos los cambios de fondo. No dice cómo reconstruirá la economía nacional. No dice cuál será su estrategia para garantizar el crecimiento sostenido de la economía mexicana a largo plazo y fomentar la creación de empleos dignos. Tampoco dice cómo impulsará el desarrollo de la economía social, colaborativa y solidaria.

Declara que la corrupción se combate con el ejemplo… ¿cómo? Se pronuncia a favor de la amnistía para los corruptos ¿por qué? Quiere nombrar al fiscal anticorrupción… ¿más de lo mismo? No tiene empacho en manifestar que va a echar abajo la reforma educativa… ¿a santo de qué?

No me gusta la dialéctica del odio que invade su campaña, no me gusta la división que promueve, es maniqueo el “si estás conmigo eres de los buenos y si no, perteneces al grupo de los malos”. México no necesita una guerra civil, sería devastador. El 1 de julio tenemos el deber ineludible de ir a ejercer un derecho, pero también una obligación de amor con nuestra patria. Votemos en conciencia, lo que hagamos tendrá trascendencia, que no nos quepa la menor duda.

 
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