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  Edición 588
  Hipócrates murió en la clínica 89
 
Edgar London
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  Hipócrates de Cos abandonó Grecia e hizo escala en Saltillo por conveniencia de la historia, a destiempo, y en forma, a todas luces, antinatural. De caminar pausado y mirada sabia, su condición de galeno le hizo comprender, al instante, que ese deseo insoportable de orinar, combinado con la imposibilidad de lograr una micción abundante, le iba a causar serios problemas.

A sabiendas de que el tiempo corría en su contra y que el problema, en algún momento le haría explotar, ¿quién sabe si literalmente?, inquirió a un citadino sobre algún nosocomio donde pudieran atender su mal. El interrogado, receloso por el acento foráneo de aquel viejo, señaló al sur poniente a la par que decía “allá arriba queda la 89, a ver si lo atienden”.

Muy pronto aprendió Hipócrates que “la 89” era una suerte de contracción para referirse a la Clínica IMSS 89, una unidad de medicina familiar que se levanta, como un castillo embrujado, en la cima de una colina, rodeado de una arboleda que lleva el belicoso nombre de “Bosque Urbano Ejército Mexicano” y su apariencia amedrenta aún antes de ingresar a las instalaciones.

Sin embargo, el cuidado de la salud se impone a resquemores infundados y el gran Hipócrates entró al recinto con la misma audacia de quien viola las puertas del inframundo. Sólo que, al hacerlo, no apareció Caronte con su barca tremebunda. Tampoco el cancerbero y su tríada de fauces hambrientas. De hecho, no apareció nadie. Una señora que esperaba con cierta expresión que alternaba entre el dolor y el fastidio, le hizo señas para que tocara en una ventanita corrediza, completamente cerrada, al inicio del pasillo donde se encontraba.

Así lo hizo el griego, con idéntico resultado. Nada. La señora se encogió de hombros y volvió a ocuparse de sus propios pesares. Hipócrates miró a un lado y a otro. Un guardia, casi tan anciano como él, permanecía apostado en la entrada. Allí se dirigió para preguntar quién podría atenderlo y la respuesta fue tan rápida como inefectiva: “ahorita viene”. Sin aclarar quién vendría ni mucho menos definir cuánto tiempo, realmente, implica un “ahorita”.

Pudieron ser diez, quizás quince minutos, los que transcurrieron antes de que se abriera mágicamente la pequeña ventana y una mano misteriosa apareciera por ella. Hipócrates no supo si estrecharla, así que optó por asomarse. Un antifaz de maquillaje, detrás del cual se encontraba el rostro de una joven, lo sorprendió. No hubo saludos, ni otras atenciones. “La cartilla”, escuchó decir. Hipócrates respondió que no poseía el documento, que se encontraba allí por una emergencia urinaria y nada más. El maquillaje no fue suficiente para disimular la mueca de fastidio de la joven. Tampoco hubo consideraciones ni deferencias. Menos tiempo tardó Hipócrates en salir de la clínica que en haber sido recibido.

Obligado a resolver su problema, el sabio encontró trabajo como maestro de griego y lenguas muertas para señoras de alta alcurnia que jamás hablarían otro idioma diferente al español pero que, de alguna manera, lograron darlo de alta en el seguro.

Así que, cartilla en mano, Hipócrates regresó a la clínica 89 y volvió a tocar en la ventanita misteriosa. Esta vez, para suerte suya, se abrió de inmediato. “Cartilla” le repitió la chica de rostro multicolor y él entregó, orondo, su documento. “Espere a que lo llamen”. Y la ventanita se cerró.

Hipócrates tomó asiento. Justo al frente, pegado a una de las paredes del pasillo, se encontraba impreso las especificidades del sistema Triage, mismo que divide por colores los padecimientos para, supuestamente, brindar una atención rápida, de estados críticos a situaciones menos urgentes. La escala de colores variaba en cinco tonalidades. Empezaba en rojo, el cual referenciaba la necesidad de resucitación y debía ser resuelto de inmediato, y terminaba en azul, casos sin urgencias, que podían tardar cuatro horas… o más.

Él había llegado a las ocho en punto de la noche. Cinco colores después sus deseos de orinar lo hacían doblarse de dolor. Nunca odió tanto el azul. Por fin, cuando las manecillas del reloj marcaban un horario del día siguiente, escuchó decir su nombre.

Lo pasaron a un cubículo limitado por cortinas donde un muchacho muy joven le preguntó hasta el color de sus calzones, le presionó el bajo vientre y concluyó que todo parecía ser un problema de próstata. Nada que no pudiera resolverse rápidamente con una sonda. Hipócrates dio gracias a todos los dioses, empezando por Apolo médico y se dijo dispuesto a hacer o dejarse hacer lo que fuera necesario.

El joven le pidió que lo esperara y regresó más tarde acompañado por otro hombre, mucho mayor y con cara de sueño. Fue entonces que Hipócrates se percató por la manera en que usaban las batas y la forma en que se trataban que el primero en atenderlo había sido el enfermero y el que ahora se incorporaba con rostro adormilado era el doctor. Entre los dos lo llevaron a una habitación cercana y le pidieron que se recostara a una camilla. El viejo griego notó que el colchón aún estaba tibio. No le importó con tal que entre los dos hombres lo aliviaran.

Con la sonda en la mano, el médico dejó que el enfermero obrara, no sin darle algunas indicaciones básicas. Pronto la orina empezó a fluir e Hipócrates, por el puro consuelo, tuvo incluso ganas de llorar.

De regreso al cubículo encortinado, el enfermero —porque el médico nunca salió de la habitación con camilla— le dijo a Hipócrates que necesitaba un urólogo, pero en la 89 no había especialistas en urología, así que lo iban a remitir a la clínica uno. También requería de un especialista en medicina interna para ciertos análisis que tampoco hacían en la 89. “Pero sí en la uno”, apostó Hipócrates. “No”, respondió el enfermero, “eso es en la dos”. Y no estaba de más visitar el cardiólogo, que seguramente le haría pruebas de resistencia por si necesitaba una operación. “¿En esta clínica, en la uno o en la dos?”, cuestionó el griego. En ninguna de esas. Se hace en la Conchita, un hospital privado, pero lo remiten desde la dos, en caso de que haya presupuesto, claro.

A medida que el enfermero hablaba, se escuchaba un lejano ronquido que Hipócrates confundió con los lamentos de las almas del averno. Eso casi le paraliza el corazón. “Otra cosa”, agrega el enfermero, “requerirá de una cita con nuestros médicos. Para eso hay una aplicación que se descarga en su celular, aunque a veces falla. También se puede vía telefónica. Da ocupado, pero insista”. El alivio que Hipócrates había sentido minutos antes daba paso ahora a una aprensión que lo sofocaba. “La sonda hay que cambiarla cada veintiún días”, el galeno seguía hablando como si nada. “Pero los cambios solo son los lunes, en emergencia”. Hipócrates sintió una sacudida en su pecho. Al escuchar la palabra emergencia pensó en el sistema Triage y todo a su alrededor se pintó de azul. Lejos, muy lejos, una voz le preguntaba “señor, señor, ¿está usted bien?”, pero Hipócrates ya sólo pensaba en descansar junto a Apolo, Esculapio, Hygia y Panacea”.

 
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