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  Edición 587
  Seres vacíos
 
Edgar London
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  Rodolfo mata a Jonathan.

Jonathan tiene ocho o nueve años —los medios de comunicación son imprecisos al respecto, pero no importa—.

En cualquier caso, Rodolfo está cerca de los cuarenta años de vida.

Es Rodolfo quien determina que son suficientes años para él y, de camino, para Jonathan.

Resulta obvio que Jonathan confía plenamente en Rodolfo. Tamaña seguridad está justificada, cuando caminan, desde la casa donde habita Jonathan, junto a su madre y su padrastro, hasta la casa donde habita Rodolfo. Ahora sí los medios son muy puntuales con el detalle. Rodolfo es el padre de Jonathan, advierten en cada una de las notas que se publican sobre el caso.

Jonathan, a su corta edad, jamás pensó que figuraría como nota roja en algún periódico. Es de presumir que más le preocupara la nueva circunstancia que marca su existencia. Desde hace un mes aproximadamente, su padre ya no vive con él. Ahora lo reemplaza otro hombre.

Quizás —insisto, quizás— Jonathan se alegra de poder compartir con su padre en una fecha tan especial. El almanaque marca 30 de abril. Día del niño. Habrá sorpresas, sospecha. No el corte de un arma blanca, por supuesto. Puede que un juguete. Puede que un paseo. Puede que una nueva pieza de baile para compartir.

¿Con quién mejor que con su padre?

Pero Rodolfo tiene otros planes. Ya le dijo a Ángeles, su ex pareja, que se iba a suicidar. Se lo dijo días atrás. Y se lo repitió. Y se lo volvió a repetir. Lo hizo tantas veces que el mensaje quedó opacado por el número de amenazas y la falta de acciones.

Nadie podrá precisar cómo fue. Los peritos intentarán explicar la secuencia de los acontecimientos, pero las dudas siempre harán mella entre las deducciones. ¿Lloró Jonathan? ¿Fue su padre lo suficientemente diestro como para degollarlo sin que sintiera dolor? ¿Se arrepintió Rodolfo del filicidio y por eso se suicidó? ¿O ya había urdido su plan desde mucho tiempo antes?

La realidad es que el asesinato de Jonathan no pudo ser previsto por nadie. La pregunta es básica. ¿Qué culpa tiene el hijo de los errores de sus padres? Menos si se trata de un niño de ocho años. Lo peor, es que no es el primero que paga los platos rotos de sus progenitores. ¿Cómo explicarle a un niño que es una víctima colateral —así de frío los psicólogos pueden tratar el caso— de una rencilla sentimental? Y digo más, Jonathan no es el primero, pero tampoco será el último.

Al día siguiente, la noticia del asesinato de Jonathan impacta a la ciudad mucho más que el suicidio —esperado— de su padre. Pero tampoco la estremece por mucho tiempo. Es 1 de mayo. Día festivo. Mala suerte para Jonathan y sus familiares más cercanos, aquellos a quienes el dolor, verdaderamente, les pega.

Algunos periodistas cubren la noticia. Otros —como su servidor— intentan explicar lo inexplicable. Alguien asegura que Dios tiene inescrutables maneras para imponer sus designios. No falta, tampoco, el que pide fuerzas y pronta resignación para las víctimas sobrevivientes. Mamá, hermana, abuelo, amistades del pequeño.

Desafortunadamente, para la noche, los periódicos con la noticia de la tragedia sirven de portavasos para algunos envases con cerveza. Un desconocido comenta lo sucedido. Está cabrón, opina otro. Las bebidas refrescan las gargantas y alivianan los ánimos. Pronto la música no permitirá hablar más sobre el tema. No es que sean malas personas. Es que están vivos y la muerte de un niño no les alegrará la jornada. Pretenden, de trago en trago, olvidar la dureza del día a día. Alejar la mala suerte de otros. Si acaso, abrazar a sus propios hijos. Estar conscientes de la fortuna de tenerlos.

Para el día 2 de mayo, los rituales funerarios se imponen. Hay llanto, hay baile, hay palabras hermosas. Pero hay una vida menos. Una vida inocente, además. Ninguna actividad la sustituye, aun cuando todas se empeñan en ensalzarla.

A Rodolfo lo mencionan entre dientes. Con rabia, algunos. Con desprecio, muchos. Nadie cree realmente que estuviera loco. Menos aún que haya obrado de forma justificada. Enfermo, quizás. Desalmado, no hay duda. Rodolfo era menos que cobarde. Era un ser completamente vacío.

En su interior, rebotaba el eco de una obsesión perdida. Eso era él, la consecuencia de un fracaso. El peligro es que, como Rodolfo, pululan hombres y mujeres desesperanzados que caminan sin rumbo ni tino por este mundo. Nos saludan. Nos sonríen. Y luego se pierden para siempre. Pero en ocasiones, por desgracia, se llevan con ellos, lo mejor de nosotros. Estemos alertas. Llenémonos de amor y esperanza.

 
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