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  Edición 587
  Cambiemos la partitura
 
Esther Quintana Salinas
   
  “Despierte el alma dormida, avive el seso y despierte”.

Jorge Manrique


Nunca el odio ha generado buenos frutos; es uno de los sentimientos más feos del ser humano y tiene la infausta propiedad de esparcirse como pólvora, sobre todo cuando cae en el terreno “fértil” de la ignorancia o de la desinformación, de ahí que las noticias amarillistas o falsas encuentren tanto eco. Los seres humanos son proclives a llenar sus vacíos interiores con lo que encuentran a mano y en aquello que debilita a otros lo hallan muy fácilmente.

Véalo usted en Internet, en las redes sociales navegan muchas personas que ni siquiera se conocen y se pelean con una violencia escalofriante, tan intensa que casi puede tocarse. Y esta circunstancia obra en demérito de los valores y está transformando los sentires de manera muy peligrosa. Las consecuencias pueden ser nefastas. En este ámbito cibernético todavía no hay reglas suficientes para contener los estragos, la desmesura transita sin freno alguno: ataques anónimos, calumnias, insultos… puras lindezas, ¿verdad? El miedo y la desconfianza se están apoderando del ánimo de muchos mexicanos.

Hoy día, el proceso electoral que estamos viviendo está plagado de esta basura deleznable. El tono de la discordia y el veneno que se vierte están abriendo muchas heridas y son tan profundas algunas de ellas que no van a poder cerrarse después de la elección del 1 de julio. Quien vaya a ser el presidente de la república va a encontrarse un país muy fragmentado, dolorosamente polarizado por la inquina y la irresponsabilidad de quienes siguen sin entender que una elección no es una guerra civil, y con lo mismo se toparán quienes integren las cámaras de senadores y diputados, las gubernaturas y las alcaldías. Un escenario, sin duda, para todos, indeseable y negativo. Las de por sí instituciones gubernamentales tan cuestionadas, están recibiendo un baño de ácido sulfúrico, porque si bien dejan mucho que desear, hay críticas sin fundamento que rematan el debilitamiento. Los combativos activistas de las redes sociales desconocen la regla de que lanzar una piedra implica no esconder la mano. El ambiente que se está creando es un golpe muy fuerte a nuestra de por sí anémica democracia.

Es urgente que los aspirantes llamen a sus seguidores a bajarle a la beligerancia que campea en las redes, a pedirles que no la usen. Dios nos guarde de disturbios alentados por esta falta absoluta de cordura y de respeto ante el que no piensa igual que el agresor. Lo que los aspirantes deben promover son discusiones basadas en argumentos, con tolerancia cero para el lenguaje que provoque cualquier forma de exclusión, de estigmatización o de discriminación. Y hacer un llamado a los medios de comunicación y a las redes sociales para que publiquen información veraz, no mentiras ni difamaciones… ¿a qué abonan semejantes bodrios?

Sé que esto no va a cambiar la andanada de prácticas indecentes que denigran el debate electoral, sin embargo tendrán que esforzarse, quienes aspiran a la presidencia de la república y a un escaño en las Cámaras del Poder Legislativo, en el saneamiento del debate. No es cierto que en la “guerra” todo se valga, ésta ni por asomo debe ser concebida como tal, las campañas solo son los actos previos para llevar al electorado a tomar una decisión el 1 de julio. El nivel de la política debe de ser otro, dignificarla es lo que se requiere en estos tiempos tan difíciles en los que la desconfianza y el hartazgo de ella ha vuelto más reacios a los mexicanos a creer que los políticos pueden ser gente honorable.

Me lo dicen en la calle, y el tono es de desaliento o de coraje, palabras más, palabras menos, pero el reclamo es el mismo: “A ustedes el país les vale m…, nomás vienen a ver qué sacan de nosotros, pero no nos resuelven ni un problema, vienen a puro prometer, pero nomás llegan allá y se les borra el camino de regreso…” o… “no tienen vergüenza, de nada se ocupan, nomás cuando hay elecciones se hacen presentes y después a la fregada la gente…” o “ya ni ganas me dan de ir a votar, al cabo que el voto no sirve para nada, no cambia nada, siguen los mismos rateros… y ya me harté de mantenerlos. No sabe cómo los detesto.” Pero también hay quienes me han dicho: “vamos a seguir luchando, sin rendirnos, este desorden que tenemos en el país no lo vamos a arreglar bajando los brazos, ni callándonos, ni dejando de ejercer nuestro derecho. Yo nunca he dejado de ir a votar y lo voy a seguir haciendo mientras pueda, yo no entrego la plaza por cansancio, eso solo hacen los cobardes, los ignorantes, los cómplices. Yo tengo todos mis amores en esta tierra y es más mía que la de cualquier tramposo que llegue a gobernarnos, de modo que no me callo, ni me paro a ver como se cae mi país, sin hacer nada.”

Las campañas de odio no llevan a nada que construya. Los mexicanos necesitamos causas para defender lo que es nuestro, razones para pelear por nuestros derechos, no la irracionalidad de un sentimiento que jamás aterriza en la conciencia y que se ubica en el lado opuesto de la inteligencia. Tengamos más cuidado con lo que trasmitimos y compartimos en redes, no permitamos la intervención del odio, necesitamos unirnos, no dividirnos, al margen de nuestras preferencias electorales.

Hay tantas cosas que nos hermanan, pero se nos ha ido olvidando y si lo seguimos permitiendo nos vamos a quedar sin referente que nos cohesione y solo seremos 125 millones de extraños viviendo en la misma casa. Por eso es momento de hablar claro y profundo, de incluir la moderación y la tolerancia en nuestro trato cotidiano o tendremos a Babel en casa. Hay tantas personas honestas, trabajadoras y valientes. Son las que hacen que este país nuestro se mantenga en pie, pero ellos han elegido ser así, contra viento y marea ¿Qué derecho tienen los resentidos, los mediocres, los frustrados, los que desde su óptica “todo está mal” pero nunca proponen cómo estaría bien, a cargarnos los males que su negativismo y su amargura les han impuesto?

Si amamos nuestro país y queremos que sea bueno para todos los que estamos y los que estarán aquí después de nosotros, tenemos el deber de esforzarnos por disminuir lo que nos separa y privilegiar lo que nos une. Se nos olvida que no somos ni dioses ni bestias, son las dos entidades que para existir no necesitan más que de sí mismos, los humanos siempre vamos a necesitar unos de otros, así fue diseñada nuestra genética, requerimos de la acción colectiva desde que nacemos.

No queremos gobernantes sin escrúpulos, estamos hasta la coronilla de lo que han hecho con nuestro país, con nuestros impuestos, con nuestros recursos naturales y monetarios; estamos cansados de la corrupción y de la impunidad imperantes… ¿Es así? ¿Queremos gente capaz, comprometida y honesta en los cargos públicos? ¿Queremos autoridades que se esmeren en hacer su trabajo con niveles de excelencia? ¿Queremos que el destino de nuestros impuestos sea generarnos mejores condiciones de vida? ¿Queremos un sistema tributario que permita reducir la desigualdad y que de manera simultánea mantenga los costos de eficiencia en un nivel bajo? ¿Queremos que haya desarrollo económico sustentable? Entonces tenemos que trabajar arduamente en la educación porque es el instrumento ad hoc para cambiar las mentalidades y progresar; la ignorancia promueve todo lo contrario. Para ello requerimos de líderes capaces y con valores.

La deshonestidad se ha integrado en nuestro ámbito social y su influencia es perniciosa para las finanzas y, por supuesto, para la política. Los estudiosos del tema afirman que “las digresiones de un código moral a menudo se describen como una serie de brechas pequeñas que crecen con el tiempo. Conductualmente, el grado en que los participantes se involucran en la deshonestidad egoísta aumenta con la repetición.” En nuestro país hemos visto como la deshonestidad de los gobernantes ha derivado en transgresiones con las que han arruinado la vida de millones de compatriotas, sobre todo las de los más pobres. La relación cerebro vs honestidad, según los científicos, demuestra porque no se debe negociar o acordar con delincuentes, corruptos y mucho menos con narcotraficantes. De ahí que el delito deba combatirse en todas sus vertientes a dos fuegos, el estado con la suma de la sociedad. No hay otra forma en que imperen la libertad, el orden y la paz.

 
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