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  Edición 586
  Por amor a México
 
Esther Quintana Salinas
   
  “En el asistencialismo no hay responsabilidad,

no hay decisión, sólo hay gestos que revelan

pasividad y “domesticación”.

Paulo Freire


Este proceso eleccionario que estoy viviendo, igual que millones de mexicanos, me está cobrando una angustia que no había sentido en ninguno de los muchos que he vivido. Y es que esta manera tan “particular” con la que hoy día se pretende mover a los electores para que acudan a ejercer su derecho a votar, como diría un buen amigo, “se está saliendo de madre”. Lo dice la gente en la calle. Las campañas se están haciendo con ofensas y odios de por medio… “¿Sabe que están logrando? —me espeta una señora— aumentar la incertidumbre y las dudas”. Y otra complementa: “Están logrando que se ensanche el desprecio que tenemos por todo lo que tiene que ver con política… y menos vamos a ir a votar”.

Yo sé que es bien difícil que el debate político sea puramente racional, toda vez que la pasión interviene, no obstante tampoco tiene que convertirse en una babel incomprensible, en la que más parece una competencia de descalificaciones e insultos, para ver quien profiere los más escandalosos. Estimar que se lleva la razón inmersa en su persona y que quienes no concuerdan con uno son un atajo de necios o de malintencionados, es una insensatez. Resulta muy cómodo auto asumirse como los correctos en todo, pero no es lo adecuado. Tenemos que encontrar la manera de convivir y no pretender que se callen aquellos con quienes no coincidimos. La mesura y la prudencia son hermanas, no estaría de más abrevar en su fuente, de vez en mucho.

Será muy lamentable que en los análisis poselectorales que se dedican a cuantificar la participación de la ciudadanía, el abstencionismo, los votos nulos, los escaños en el Congreso por coalición, etcétera, exhiban que cuanto se habló en campaña de cambio, se quedó en puro jarabe de pico, y que no hubo ninguna renovación de la clase política. Que el ejercicio democrático no fue pulcro, que la compra de votos, el acarreo de votantes y todo el abanico de coacción estuvieron presentes a lo largo de la jornada electoral. Que asistimos a una de las elecciones más perversas de nuestro discurrir político. Que fue el dinero lo que determinó y plantó las condiciones para escoger al presidente de la república, a los senadores y diputados y a los alcaldes. Que los topes de gastos de campaña valieron para nada y para nada, porque quien o quienes tuvieron billetes se los pasaron con creces, con tal de obtener muchos votos, porque desde la elección del año pasado en Coahuila quedó más que sabido que si se pasan por mucho, no hay nulidad y reciben su constancia de mayoría. Que el árbitro de la elección quedó como un auténtico papanatas al que los señores y señoras magistrados del flamante Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación mandó a paseo e impuso con sus sentencias los triunfos del partidazo. Puras mentiras legalizadas. Los empresarios y los políticos ayuntados que se dedican al negocio de las elecciones, manejan sus “aportaciones” previendo la rentabilidad de su inversión, la tasa de interés y por supuesto las utilidades que son causa y motivo para entrarle al proyecto “ganador”.

En México, el poder del dinero en el ámbito político ha tenido consecuencias desastrosas, no para quienes lo provocan, sino para los mexicanos. Primero, porque quienes llegan al cargo público no son los idóneos para cumplir con la responsabilidad y quien paga los platos rotos de esa ausencia es el gobernado, la pobreza se ensancha, la marginación se crece y el país no avanza, y segundo, porque la desconfianza y la falta de credibilidad en el gobierno van a la alza en detrimento del fortalecimiento de las instituciones que le dan solidez a una nación. México es uno de los países más corruptos del mundo, triste fama de que aquí todo se compra con sobornos, con trinquetes, con regalos, con fiestas, con viajes, y en la absoluta impunidad. Qué vergüenza que todo esto sea el lastre que tengamos que cargar una vez más… y qué pena para los mexicanos si nos perdemos la oportunidad de romper con un sistema político que ya no sirve para nada. Si los titulares poselectorales destacan que otra vez se utilizó para manipular la elección la poderosa arma algorítmica a favor o en contra de determinado candidato, es que no tenemos remedio en nuestro país.

Estamos a muy buen tiempo de impedir seguir siendo tratados como objetos. Los electores debemos escuchar, analizar el perfil de los candidatos, su trayectoria no solo política sino de vida. Las personas somos como somos y esto se refleja en cada uno de nuestros actos, no hay transformaciones mágicas. También hay que conocer las plataformas electorales, que contienen la visión de país y hacia dónde se pretende conducir éste a través de cada una de las acciones propuestas para ello. Por favor, tómese un tiempo para ello. Infórmese de las funciones y facultades del presidente de la república, de las atribuidas a diputados y senadores, y en el caso excepcional de Coahuila, de las del alcalde, de las del cabildo. Tiene usted el deber como mexicano de conocer esto, en la medida en que usted sepa cómo funciona el sistema que usted paga con sus impuestos, pasará de sujeto pasivo a sujeto activo en una relación gobernantes-gobernados que va a mejorar de manera considerable a favor suyo.

La pobreza es fundamental abatirla, una pobreza generada por corrupción. México es un país rico en términos de recursos naturales: minerales, hidrocarburos, biodiversidad, agua, etcétera, pero ¿de qué nos ha servido? Somos un país con grandes y severas inequidades. ¿Sabe por qué? Porque desde el gobierno han fomentado una cultura de dependencia ad perpetuam, una desdichada cultura asistencialista. Encontraron en ella los gobiernos priistas la manera “ideal” de mantener a la gente controlada, en eterna genuflexión, “agradecida” por las migajas del pastel que se engullen completo los “gestores” y su séquito de compinches.

Detesto la política asistencialista por cuanto es y sobre todo por el daño que le ha infringido a nuestro país. Me enferma el caudillismo de sus gobernantes. Ha hecho del gobernante una especie de Dios, que ofrece el oro y el moro, y por ello la gente debe de rendirle culto. El caudillo se cree imprescindible, se rodea de una corte de lambiscones que le aplauden cuanto hace y se la cree. El populismo, parte sustantiva del asistencialismo, sangra al erario público para mantener a esta caterva de vividores. Pan y circo es la consigna El gobierno populista se eterniza porque el valor del voto es el mismo y son más los pobres, entonces a mantenerlos así, para permanecer hasta la consumación de los siglos. Y no obstante su mezquindad a ojos vistas, tienen a esta pobre gente convencida de que son sus benefactores y es tal su desvergüenza de que no tienen empacho en decir que el que gobierna es el pueblo… ¿el pueblo? Pero si el pueblo está reducido a borrego, no tiene ningún sentido crítico, le han robado su capacidad de pensar y domesticado la voluntad.

Hay cambios de fondo que se necesitan hacer en nuestro país para resolver la pobreza, la ignorancia, la corrupción, la impunidad, el pésimo ejercicio del poder público, la inseguridad, entre otros males. La corrupción de los políticos tiene que castigarse, le está robando a millones de mexicanos, sobre todo a los más pobres la oportunidad de desarrollarse y dejar de serlo. Entre más camino mi ciudad, hoy, en esta campaña, el alma se me parte… hay personas que nada más sobreviven. Y estamos en el norte del país, en el sur es infinitamente peor. ¿Cómo vamos a cambiarle el rumbo a México? ¿Cómo va a dejar de ser un país en el que hay personas de primera, de segunda y de tercera… y de quinta, si la Constitución mandata que todos somos iguales? ¿Cómo va a combatirse la inseguridad si la pobreza y la corrupción son las principales proveedoras de su maldita presencia? ¿Cómo va el gobierno a ganarle la partida a la delincuencia organizada si son aliados por conveniencia? ¿Cómo vamos a vencer a la ignorancia y a la indiferencia, causantes en mucho de este estado de cosas?

Estamos a dos meses de las elecciones, estamos a tiempo de hacer recapitulaciones sobre nuestro papel en el seno de la comunidad de la que somos parte, entendamos que nada va a cambiar sino lo provocamos. Particularmente les pido a los jóvenes que tomen conciencia de la importancia de su voto, el cambio generacional no espera, por ello es relevante que den un paso hacia la participación política activa, en conciencia y constructiva. La realidad de un país no cambia por decreto, cuesta “sangre, sudor y lágrimas”, es decir, mucho, pero mucho. Plantéense ¿Qué clase de país quieren? El que está no les gusta, a mí tampoco, pero ustedes van a hacerse cargo de él porque no hay de otra, son la nueva generación de mexicanos. Hagan la diferencia, construyan un país para su tiempo, acorde al siglo XXI, porque es su siglo para ser adultos. En sus manos está la transformación de su casa, México es su casa, no hay otra, la que hicimos las generaciones anteriores ya no sirve, está infestada de plaga, tienen que derrumbarla, desinfectar el espacio para que no quede ningún vestigio de contaminación y entonces levanten el México con el que ustedes sueñan… ah… y con una nueva ética ciudadana.

 
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