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  Edición 648
  La pandemia sigue viva y tenemos que encararla
 
Esther Quintana Salinas
   
  El aislamiento no se ha acabado porque le estemos ganando la batalla al coronavirus, sino porque el país está padeciendo el embate de la crisis del desempleo y sus repercusiones en la economía. No hay justificación para bajar la guardia, el contagio sigue.

Ya vamos, al día en que esto escribo, en los 64 mil 158 muertos. El gobierno se ha visto forzado a abrir la economía, las industrias y el comercio, en un momento en el que las cifras del comportamiento de la pandemia, dicha sea la verdad, no producen ninguna tranquilidad. Y además sigue aferrado a no aumentar el número de pruebas para diagnosticar si se está infectado. Somos el país en el que menos exámenes se realizan, aunque los expertos de aquí y de afuera lo están recomendando.

Está más que probado que la salida masiva de gente a la calle y las concentraciones de personas, sobre todo si lo hacen sin protección, multiplica los riesgos de contagio. Con el coronavirus vivo, infectando y matando gente, se triplica una mayor responsabilidad estatal y disciplina social y los más altos niveles de autoprotección y cuidado.

El gobierno federal tiene que entender que las pruebas son una herramienta indispensable para contener la dispersión de la COVID-19. Asimismo, el sector privado que se ha abierto y el sector público en sus oficinas, tienen la obligación ineludible de cumplir con los protocolos de bioseguridad, y cada uno de nosotros, a título individual, hacernos cargo de nuestra propia vida y de la de nuestros seres queridos, acatando las medidas de sanidad, como son el uso del cubrebocas, el lavado de manos, las rutinas de desinfección, las muestras de temperatura y el distanciamiento social. Quien presente síntomas con pruebas o sin ellas, debe proceder al autoaislamiento aun dentro de su casa, y consultar inmediatamente al médico. La enfermedad ha ido enseñando como se le puede contener, a través de una serie de medicamentos, que fortalecen la defensa del organismo contra el ataque de este mal. Los retos para el sistema de salud son más grandes hoy día, por eso se tiene que redoblar la prevención de contagios.

Hago un paréntesis. A los dirigentes políticos de todos los partidos hay que demandarles mesura y sensatez en todas sus actividades proselitistas, de tal suerte que convocar a marchas y movilizaciones que impliquen contacto directo, mientras la COVID siga viva, es un acto de irresponsabilidad. No hay excusa que valga, ni siquiera porque sea proceso electoral —en Coahuila tenemos el local ya iniciado, y a nivel nacional el próximo año— el poner en peligro la vida de la población.

Hoy tenemos una realidad que rebasa al gobierno federal. No ha sido capaz de encontrar un modelo eficaz y racional para administrar la crisis de salud y la económica, de esta última, como decía mi tía Tinita, no nos llega todavía el agua a los aparejos, pero ahí está como espada de Damocles.

Resulta inconcebible que aun contando con el mayor margen de maniobra que tiene a su disposición, no sea capaz de definir un entramado de políticas públicas lo suficientemente efectivo como para obtener mejores resultados en el manejo de la pandemia, y en el de las finanzas. No obstante el abandono, verbi gratia, al que ha condenado a las micro, pequeñas y medianas empresas, los recortes agresivos a los presupuestos de las propias secretarías de su gobierno, en nombre de la austeridad con la que se pavonea a mañana, tarde y noche, y otra serie de barbaridades, como el capricho de darle prioridad a sus proyectos obsesivos, léase tren maya, etc., la debacle económica se cierne sobre nuestro país. Y si hay sectores que no se han ido a pique y se mantienen, como el de comunicaciones, ha sido gracias a estrategias de las propias empresas, no por apoyo del gobierno.

Prefiere pasarse por debajo de las extremidades inferiores, como se va haciendo costumbre, su responsabilidad constitucional de ser garante del bien común, y le transfiere la carga a la población, cuando sabe perfectamente que no forma parte de la idiosincrasia del mexicano promedio la cultura ciudadana, que no hay en su haber el sentido de la solidaridad colectiva, sino todo lo contrario, el individualismo a ultranza y la deleznable indiferencia. Lo vemos en las respuestas de la gente cuando les preguntan el no llevar un cubrebocas, salen a flote o su ignorancia o su tozudez. Es gente que no entiende la responsabilidad que tienen de protegerse y proteger a los demás. ¿Cómo dejar en sus manos la contención de este virus mortal? Si con medidas rigurosas en otros países, ha hecho arrase…

La pandemia no está bajo control aunque lo machaquen López Obrador y su titino de cabecera, López-Gatell. No existe la estabilización de contagios, son insostenibles sus aseveraciones, de nada valen las mentiras que sale a contar el subsecretario todas las tardes en proyección nacional. Es un gobierno que no tiene empacho en hacer juegos malabares con las cifras, que le vale una pura y dos con sal la rigurosidad de los datos, porque está obsesionado con meterle en la cabeza a los mexicanos que la pandemia va en declive.

Le está apostando a «la inmunidad de rebaño». Que sea la naturaleza quien determine quien se muere y quien se salva, el que resista más, se queda, y el que no se va, así de simple. Los muertos en el sector público son más. En los estudios de estratificación social de la mortalidad, mueren más los pobres… ¿Dónde quedó el «primero los pobres»?

Ante la tragedia social que estamos viviendo y sus inútiles medidas para palearla, el gobierno decidió reabrir la economía, para que sea el mercado el que rescate a la gente de la miseria. Todos los recortes mezquinos que ha hecho son para repartir en el proceso electoral del 2021, porque su permanencia en el poder es prioridad, el bienestar de los mexicanos no está en su listado, aunque diga que primero los pobres y que los ricos son malos, y su ensañamiento con la clase media. Y nada de esto va a ser suficiente para salvar al país de la debacle económica que se nos viene encima.

Los expertos recomiendan una estrategia agresiva para controlar los contagios y contrarrestar por ende el embate a la economía. Estrategias que ya han dado frutos en Corea del Sur y China y que implican la detección, el control y erradicación del virus, realizando pruebas de PCR masivas y minimizando aislamientos y mortalidad. Para ello se recomienda «aumentar con urgencia la inversión en «rastreadores», hasta que alcancen una cifra no inferior a uno cada cuatro mil o cinco mil habitantes. Estos se distribuyen de forma proporcional a la densidad de población por zonas básicas de salud. Son quienes se encargan de la búsqueda, la detección temprana, el rastreo y seguimiento de casos para evitar que personas sin síntomas se conviertan en enfermos graves».

Asimismo, emprender una «(…) búsqueda activa y enérgica de posibles casos positivos», con la finalidad de «realizar un aislamiento obligatorio en zonas acotadas para tal fin, impidiendo que sigan transmitiendo en un entorno del hogar o trabajo comunitario».

Aparejado con esto, se recomienda llevar a cabo un «análisis pormenorizado de las aguas residuales» con la finalidad de alertar a las poblaciones afectadas y definir indicadores de riesgo y monitoreo, y así tomar decisiones ad hoc y predecir la evolución de la epidemia.

Por supuesto que para que esto funcione debe acompañarse de «pruebas PCR masivas tanto de cribaje poblacional como de cribaje aleatorio», pero solo en caso de que «la fase de búsqueda predictiva y anticipatoria falle». Según enfatizan, este recurso resulta esencial para obtener «una foto fija del momento» y «cortar la transmisión comunitaria que inevitablemente conduce al aislamiento (…)».

Esta pandemia nos debe concientizar que es fundamental aprender a priorizar, como colectividad, el cuidado del otro, porque el otro ponderará lo mismo; también, que es asunto de sobrevivencia, abandonar esa búsqueda enfermiza de poder, para que las nuevas generaciones reciban el legado de generosidad y equidad social que tanto les hace falta a la nuestra. Que tenemos que ocuparnos de conservar la humanidad y el planeta, y hacernos cargo de que al paso que vamos, no habrá riqueza que alcance para todos.

Tenemos que revalorar la vida y enseñar a nuestros descendientes que es el bien más valioso que poseemos y que hay que cuidarlo, que en la medida que lo asumamos cada uno de nosotros, se impacta en positivo en la vida y la salud de los demás con los que compartimos tiempo y espacio. Que hoy existe un virus muy peligroso, que el contagio está latente y que cualquiera es susceptible de sufrirlo, y que muchas veces mata. Que hay una razón de peso para cuidarnos.

Yo espero que este episodio tan doloroso por el que estamos pasando nos enseñe a ser mejores personas, que se robustezcan los lazos familiares, que el encierro al que hoy estamos confinados nos enseñe a moderar nuestra impaciencia, nuestros arranques de mal genio, nuestra incontinencia por sacar una ristra de quejas y reclamos, y que le demos espacio a la ternura, a la empatía, a todo aquello que nos acerca y fortalece nuestros lazos afectivos. Todo esto requiere dedicación, esfuerzo y entrega. Pero los frutos serán muy dulces.

Y espero también que las empresas empeñadas en reinventarse, para convertirse en mejores, lo logren. Vamos a necesitar de toda la creatividad, la inteligencia y sobre todo de la voluntad de genuinamente querer hacerlo, para recomponer al país después de esta debacle que ha puesto en jaque la vida de todos.

 
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